Era mi pueblo, señor
Amanecía un día especial, era Fin de Año; se asomó a la ventana y contempló el espectacular paisaje que la naturaleza había reservado para su pequeño pueblo, aunque sabía bien que únicamente lo compartiría con sus padres y cinco vecinos más. Por eso, desde aquella ventana con vistas, el único niño del pueblo esta vez no pedía al nuevo año juguetes, solo amigos que, desde abajo, lo llamaran para jugar, para ir al colegio, para vivir aventuras reales, que todos los días fueran especiales por ser así de normales, que no fuera verdad lo que decían, que su pueblo se acababa.
Amanecía otro Fin de Año y ya tenía amigos con los que jugar, miró por la ventana, pero ya no vio su montaña, solo edificios de hormigón y tanta gente por las aceras de aquella ciudad que, con añoranza, pensó: “Si algunos hubierais vivido allí, en mi pueblo, hoy, también sería Navidad”.
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