Manuel Izaguirre: camino de asfalto y tierra
Al escribir los versos del poemario “Camino de asfalto y tierra” (Ediciones Camelot), cuyo título toma del poema homónimo, el poeta deja ver su posición. En este estar siendo en el mundo, que en suerte es dado vivir, conlleva ineludiblemente la toma de posición; incluso, en la decisión de no adoptar alguna y, consiguientemente, de eludir el imperativo moral de adoptarla, en sí y por sí misma hay ya una toma de posición. El poeta naviego (Puerto Vega), asistido de la palabra que habla, ha tomado su posición, la de afrontar la tarea, para la que se ha sido arrojado al mundo, la de hacer la vida, la propia. La toma de posición, la primera tomada -porque no siempre es la misma-, a todos sorprende ahí, irremisiblemente condenados a decidir, a partir de este primer momento, qué hacer con cada instante de nuestro vivir. Al poeta este primer momento, este primer encuentro con él, le ha llegado como consecuencia del proceso iniciático que lleva de la pubertad al adulto.
Se puede decir que esto acontece a todo individuo humano; porque la pasta de la que ha sido hecho el poeta es común a todos los hombres por el hecho de serlo. Sí; cierto. Pero la singularidad, la que hace que este individuo sea el que es, es adquirida en el calado de la aprehensión de su ser en el mundo que cada uno es capaz de alcanzar. Aquí, en el poemario "Camino de asfalto y tierra", la singularidad de Manuel Izaguirre, al dictado del imperativo moral, se pone de manifiesto al haber afrontado, con decisión, el destino de su existencia. Cierto que -como se ha dicho- Manuel es de la misma pasta de la que está hecho todo individuo humano; cierto que, en cuanto individuo, él es actor de su propio drama y, por propio, personal, como los otros los son en su escenario que en suerte le ha tocado; pero, cierto también, la singularidad de Manuel es adquirida en la heroicidad al afrontar el tránsito del "Camino de asfalto" al "Camino de tierra". Así es: el poemario lo es de una singularidad, la que Manuel ha decidido para él, la del niño que ha despertado en la hora del hombre con vocación firme de andar el "rocoso camino" y dar forma al destino elegido, al "horizonte difuso".
Es "Camino de asfalto y tierra" el retrato del autor, del que cada verso es un rasgo del hombre que ha decidido ser. Es el poemario la experiencia iniciática del tránsito del púber sido, curtido en mil abordajes a naves piratas en la ensenada de Puerto Vega, al adulto que ha despertado a la realidad, donde "la vida corre y duele". En su totalidad, es el poemario la experiencia de un proceso que, en un primer momento, ha transcurrido por el "Camino de asfalto", hasta hallarse a sí mismo al comienzo del "Camino de tierra", en el que, ineludiblemente, se ha de decidir el hombre que se quiere ser. A decir de Manuel Izaguirre, "Camino de asfalto y tierra" ha tenido cuna en "la desesperación", y, por alimento, "la reflexión personal" habida en lo insondable de la soledad "profunda y hermética". En la reiterada referencia al ayer, desde la atalaya del hoy, Manuel da a conocer la evolución de una conciencia inmersa en un continuo presente sin fin, donde "el tiempo se rendía" a la voluntad infantil de hacer del momento vivido un absoluto eterno ("Camino de asfalto"), a la conciencia de finitud dada en el "Camino de tierra", y en la certeza que el acabamiento espera en alguno de los hitos.
En el "Camino de asfalto", y llevado de la mano materna, el poeta es iniciado en el gran misterio: las palabras hablan. Al prologar el poemario, la gratitud para con ella: "Mi madre cerca -escribe Manuel Izaguirre-, quien me inculcó este amor por la escritura". Es por ella por quien en la palabra "me busco"; de ella he aprendido que en las "cadenas de palabras" es "donde hacer frente a la verdadera vida". ¿Cómo no sentir infinita gratitud al ser de ella de quien ha recibido el don de la vida y también la dote de las palabras, vínculo con los otros, semillas para "sembrar grandes amistades"? A ella debe el don de la vida, con sus "sombras y luces", la fortaleza de ánimo para afrontar los "desencantos y decepciones" y, también, "encontrar en la poesía el desahogo" a sus heridas.
La otra vertiente, la existencial, la del sentimiento trágico de la vida, está igualmente presente en "Camino de asfalto y tierra": la búsqueda del sentido. "Me busco y no me encuentro", escribe Manuel Izaguirre en el poema "Días sin rumbo". Es la declaración de quien, "en días a la deriva", se ha asomado al acantilado de la vacuidad del ser, y en esta labor, de quien "va y viene a la nada", tiene el recurrente encuentro con el que se es siendo en este mundo, con "alternancia de sombras y luces", en incesante búsqueda del fuego arrebatado a los dioses por Prometeo, en un desesperado "intento de no perder la forma" del hombre que ha decidido ser.
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