Wasap o SMS para contarte mi verdad
Mi primera visión de tu persona se convirtió en un excitante sentimiento de serenidad, la que hasta ahora me había sido negada, produciendo todo tipo de inseguridades y dudas conmigo y con el resto de mi entorno.
Sí, ahí estabas, radiante con aquel bonito conjunto de falda y camisa exhibiendo aquella sonrisa que contagiaba una atmósfera especial, aún solo saliendo de tu boca monosílabos como respuestas a preguntas tan mundanas y clásicas como ¿Qué tal estás?
Han pasado las jornadas y con ellas una cantidad de horas en las que la manifestación de amistad se ha ido fraguando con el devenir de muchos acontecimientos. En una playa, de paseo por la ciudad, tomando unas cañitas o celebrando alguna fiesta de prao de las que abundaban por esa época.
El núcleo de actividades del grupo era compartido por la totalidad de sus componentes, donde cada uno tenía su función, que al final era mera cadena de transmisión para finalizar en un motivo común a la hora de participar en aquello que agradaba a todos. La amistad era la seña de identidad.
Los días avanzaban y eras la que formaba parte de mi universo particular. Dentro de todo aquel maremágnum siempre encontraba ese resquicio donde pulsaba la tecla de pausa para poder estar ese ratito contigo. Y lo hacía por puro egoísmo, pero este era sano, limpio donde lo que quería era tenerte solo para mi, sin perder la esencia el grupo. Me encantaba reír, contarnos anécdotas, charlas de cosas insignificantes... Me gustaba escucharte, la disponibilidad de que tuvieras esa empatía hacia mí.
Yo, por aquel entonces, te había "separado" del resto porque sentía que aquello podía ir más allá de la amistad, por entonces construida a través del resto de la pandilla.
Los compañeros intuían algo, no sé si mucho, si poco, si era mera percepción visual o gesticular, por lo que a veces se permitían el lujo de "desaparecer" para que nos pudiéramos quedar a solas, fingiendo recados u otras actividades diversas. Qué buen revulsivo para mí.
Ella no disimulaba su satisfacción por compartir esos momentos y se manifestaba feliz, alegre, a gusto, lo que a mí me daba alas para seguir ahondando en una mejor relación.
Ahora quiero decirte lo que siento. Quiero romper esa barrera afectiva para decirlo, no muy alto porque te lo voy a escribir, pero sí tan limpio y cristalino como mi pensamiento pueda ofrecer: te quiero. Ya sé que suena a tópico, pero me gustaría pasar el resto de mi vida contigo. Somos aún jóvenes y el destino puede guardar muchas cartas en la maleta, donde lo que puede salir bien se logrará, y lo que no tiene visos de continuidad simplemente se quedará en el camino. Pero no quiero pensar en ello, porque todo mi mundo se reduce a mi cercanía a ti, cuando te siento, te escucho y lo que más anhelo es llegar hasta tu corazón para encontrar el mío, que ya me has quitado.
No quiero respuesta rápida. Piénsalo, medítalo, yo estaré ahí, esperando una respuesta. El resto lo decidirá el tiempo, pero mientras tanto no quiero que nuestra amistad se vea entorpecida por todo esto.
Mi duda existencial es la forma de enviarte esto. La espontaneidad e impulso de esta declaración podría llegar en forma de wasap, ágil, efímero, como la sangre caliente fluyendo del corazón a todas las partes del cuerpo. O también meditado, pausado e intensamente dedicado para que al leerlo comprendas el porqué de cada palabra impresa y el motivo de su significado en la mente de su autor.
Solo me queda accionar la forma y modo de hacerte llegar el estado de mi ansiedad. ¿Qué me deparará el destino cuando tus ojos alcancen a mirar?
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