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Capítulo 2: el Paraíso

30 de Junio del 2020 - José Luis Sancho Sánchez (Zaragoza)

Dante no estaba inspirado por Dios, su infierno es más propio de la crueldad humana, pero esa idea sirvió a las religiones para someter al creyente, o más bien al crédulo, por temor y no por amor. Es obvio que un fuego literal no puede atormentar a nadie eternamente, en todo caso unos segundos. El fuego que puede atormentar a los seres vivos es un fuego en la conciencia, una razón en la inteligencia, y una justicia aplastante que nos deja sin defensa ante la evidencia de nuestra maldad. Por otro lado, ¿para qué atormentar a alguien que no se va a arrepentir ni en una eternidad? No es tan difícil entender que el fuego en la Biblia tiene el significado de destrucción eterna.

El proyecto de nuestro Creador de recuperar al ser humano que tenga la actitud apropiada, una actitud que le posibilitará la vida para siempre junto a otros seres humanos, seres a los que no solo respeta, sino que ama por encima de sus propios intereses, es el Reino de Dios. Jesús es el Rey designado por Dios para ese Reino.

Los discípulos de Jesús sabían bien que tenían que mantenerse vigilantes a la espera de la prometida “presencia” de Jesús y la venida de su Reino. Con el tiempo se comprendió que este Reino gobernará sobre la Tierra por mil años y la transformará en un paraíso. (Mateo. 24:3;2 Timoteo. 4:18; Apocalipsis. 20:4,6.) No cabría ningún paraíso en una sociedad como la que está arruinando la Tierra, por eso, ese gobierno no solo regenerará la Tierra, sino que devolverá al ser humano a su estado original, es decir: la perfección, ser humano perfecto en armonía con su Creador, con su congénere, con su hábitat la Tierra, y con el universo todo.

Jesús hace una analogía entre las personas que tendrán o no tendrán la posibilidad de ser restaurados, y lo hace comparando su actitud con la de ovejas y cabras: “Cuando el Hijo del hombre llegue en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre su glorioso trono. Y todas las naciones serán reunidas delante de él, y separará a las personas unas de otras, así como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha, pero las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Venid, vosotros que habéis sido bendecidos por mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo’... Entonces dirá, a su vez, a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, vosotros que habéis sido maldecidos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles... Y estos partirán al cortamiento eterno, pero los justos a la vida eterna”. (Mateo 25:31-34,41,46).

Naturalmente no cabe un paraíso físico sin un paraíso espiritual, desde luego esa es una buena razón para no separarlos, pero, ¿qué es espiritual?, según la Biblia: “El fruto del espíritu es amor, felicidad, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fe, apacibilidad, autocontrol. Contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22, 23). Imaginemos una vida perfecta con las personas que cultiven esas cualidades y en una tierra limpia y hermosa. Unos habrán sido juzgados en vida como ovejas, otros vendrán a la resurrección para tener una segunda oportunidad de serlo (Juan 5:25-29). ¿Quién no desea ese paraíso?

Si para estar allí hemos de ser curados de heridas físicas y mentiras doctrinales, Dios se encargará de eso, él sabe perfectamente lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que hayamos podido sufrir por nuestra culpa, por la de otros o por la del sistema todo. “Con eso, oí una voz fuerte desde el trono decir: ‘¡Mira! La tienda de Dios está con la humanidad, y él residirá con ellos, y ellos serán sus pueblos. Y Dios mismo estará con ellos. Y limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado’” (Apocalipsis 21: 3,4).

En el próximo y último capítulo analizaremos la nada. La nada es lo que no ofrece nada, o nada bueno, como la mentira o la vana filosofía que convierte la mentira en algo deseable.

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