Sin lucha masiva y determinada no habrá salvación para la clase trabajadora
A los epígonos del reformismo ya no hay quien los pare. Tanto los nuevos acuerdos entre CEOE-Gobierno como los “brotes” de consenso -aunque sea yo quien ponga comillas, ellos mismos hablan con prudencia de dichos brotes-, en el Congreso de los Diputados les han incitado a exigir la unión “sagrada” para la reconstrucción -entendamos, pedir a los del Ibex-35 que sean razonables y renuncien amablemente a reducir sus ganancias para no dejar nadie atrás- de todos los partidos políticos, sindicatos, patronal y asociaciones. Su nuevo lema se basa en una campaña contra la crispación y una supuesta intentona permanente de golpe de Estado (¿?) en nombre de la “democracia”. Al mismo tiempo, “inadvertidamente”, dan a entender que es el único camino para no dejar campo libre a “los extremos”.
Últimamente, desde la aparición de Vox hasta hace poco, estos hablaban únicamente de extremismo, y cuando lo hacían se referían esencialmente a la extrema derecha. Actualmente, volviendo a la terminología clásica, hablando de extremos, estos quieren que se entienda inequívocamente extrema derecha e izquierda. Una manera de establecer así una igualdad entre los dos e introduciendo de nuevo, en el tablero político, la tópica frase utilizada por generaciones de la izquierda caviar y sus supletorios: “Los extremos confluyen”. El objetivo es desacreditar toda crítica al Gobierno viniendo de la izquierda no constitucional asimilándola a la crítica proveniente de la extrema derecha.
Esa democracia y ese consenso al que el reformismo se refiere es la que permite a la grande burguesía imponer, desde hace siglos, su dictadura económica, tanto en periodo de vacas gordas como en periodo de vacas flacas; en este último caso, empleando más violencia si fuera necesario. Es la que permite tener una representatividad troncada en el Congreso de los Diputados no acordando una proporcionalidad representativa en correlación con los sufragios obtenidos. Esa democracia a la que se refiere el reformismo es la que condena al paro y a la precariedad a millones de personas, a pasar hambre y a carecer de vivienda a otras tantas. Es en la que la patronal nos pide sacrificarnos mientras sus arcas rebosan de riqueza.
Ese consenso tan deseado por nuestra izquierda caviar y sus supletorios es, en realidad, el deseo de perpetuar el sistema económico actual a pesar de que este sea incapaz -debido a la codicia de los que realmente detentan el poder- de resolver sea cual sea el problema social al que nuestra sociedad se enfrente; y a pesar de que este sistema está hecho por y para la burguesía, para el reformismo, sigue siendo la única solución. Y mientras este último se empeña en querer nadar y guardar la ropa, la situación social ocasionada por la pandemia del covid-19 es catastrófica: a los recortes desangrando nuestro sistema público, al desempleo, a la precariedad, al empobrecimiento y a los despidos, se añadirán otros recortes, más despidos, más desempleo y más empobrecimiento. Las “medidas históricas” tomadas por el Gobierno progresista y de coalición tendrán -incluso llevadas a cabo en su integralidad- el mismo efecto que la utilización de Betadine sobre una pata de palo.
Los verdaderos detentores del poder pueden mostrarse maleables siempre y cuando sus intereses fundamentales no sean cuestionados. Los acuerdos sucesivos entre Gobierno, CEOE y sindicatos, anunciados a bombo y platillo y presentados en la mayoría de los casos como históricos, no están basados en la habilidad negociadora de los representantes del Gobierno o la maleabilidad de la patronal, sino en las concesiones constantes del Gobierno, debidas a la presión de esta última. La solución a la crisis del sistema pasa, sí o sí, por la expropiación de los medios de producción, lo que necesita una lucha masiva, consciente y determinada de la clase trabajadora.
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