Me gusta el parque del Muelle
Me encanta el parque como está. Me produce paz y tranquilidad.
Desde que lo construyeron a finales del siglo XIX al lado del mar, y cerca de las vías del ferrocarril, ha ido mejorando y mejorando, a pesar de lo que puedan pensar algunos nostálgicos de otras épocas, porque sus árboles: tilos, castaños de indias, plátanos de sombra... han ido creciendo y se han vuelto majestuosos, con unos troncos inmensos que denotan su historia a lo largo de todo el siglo XX. Y en los días de intenso calor, que los hay, y con un altísimo nivel de humedad, es una delicia pasear por el túnel frondoso que forman en la avenida central que da a la ría. Quizás esté un poco sombrío, pero eso creo que tiene fácil solución. También el sorprendente soportal vegetal compuesto de rosales trepadores, generalmente bien cuidado por la cuadrilla de jardineros municipales que cada día trabaja en el parque y a la que he tenido la oportunidad de saludar cada mañana. Una noche paseando con mi perro estaba todo iluminado con unos óculos que hay en el suelo y que nunca encienden, no sé si porque están estropeados o por otra razón, y estaba espectacular. Los caminos entre los jardines daban un aspecto mágico al entorno con las ocho estatuas neoclásicas de factura francesa observándonos desde sus pedestales. La foca, monumento para quien vino del mar y por él se fue, y supuso entretenimiento extra para los avilesinos en la postrimería de la década de los cincuenta. Y según dicen algunos, precursora de la bonanza que se avecinaba para la ciudad, la construcción de la Empresa Nacional Siderúrgica, Ensidesa.
La magnífica estatua de Pedro Menéndez, fundador de la ciudad más antigua de los EE UU, San Agustín. Sus fuentes, que no son tantas, y de las que una de ellas, llamada fuente de verano, preciosa, tuvo el privilegio este año de ser portada del Carnaval avilesino, última fiesta celebrada en la villa, antes del confinamiento y el estado de alarma. Ya sé que hay a quien no gustó la portada, pero nunca llueve a gusto de todos. La fuente me han dicho que no funciona a causa de las raíces de los árboles que inutilizaron el circuito eléctrico. Y la otra, la que está en el centro del parque y que está viva bien viva, echa agua a raudales y bien fuerte, y que ahora se quieren cargar. No entiendo la necesidad de que para mejorar algo haya que cargárselo. Por qué no pueden convivir con las reformas que se vayan a hacer en el parque las fuentes, los árboles, las estatuas, vamos, todo lo que merezca la pena conservar; incluso traer del olvido de la Texera el canapé de piedra que luce humildemente en un lugar que, aunque alguna vez fue concurrido porque era la antigua carretera hacia Oviedo, hoy se duerme en el olvido y el desconocimiento de la mayor parte de los avilesinos.
Con todo esto se suma, se va a más. Me parece estupendo que pongan un parque infantil, una cafetería y todos los elementos arquitectónicos necesarios para darle un mejor uso. Pero conservando todo lo que merece la pena y es fruto de las diferentes actuaciones urbanísticas a lo largo de los tiempos. Por esto pido el indulto de la fuente. Tiene que haber alguna manera de que encaje.
Habrá quien diga que este parque tuvo años mejores y seguramente es así desde el punto de vista social. No en vano era el lugar de reunión de los avilesinos, por donde se paseaba para ver y ser visto, para arrojar cándidas miradas a las señoritas de la época, ligar que diríamos hoy. Lo fue al principio de su construcción en unos terrenos ganados a las marismas y lo fueron más tarde, hasta mediados de los sesenta del siglo pasado. Pero es que no había mucho más para entretenerse, cuando se construyó, en esta preciosa villa marinera, comercial y también industrial. Las clases sociales estaban muy diferenciadas de aquella y solo la buena gente de la burguesía avilesina se podía permitir ciertos placeres musicales, operísticos, bailes, cines, etcétera. También tuvo tiempos peores, cuando era sitio de reunión de politoxicómanos, unos años para olvidar y sacar buenas enseñanzas de todo ello.
El parque y su quiosco de música, elegante y armonioso, espectador de lujo de conciertos dominicales de la banda de música municipal; antes muchos, todos los domingos, ahora pocos; pero a cambio cuando llega el verano, en el mes de agosto, los amantes de la música tenemos unos tres días geniales con La Mar de Ruido y sobre todo con el Festival de Música Negra, que se supera de año en año. Esto, junto con las diferentes ferias que se han celebrado en ese entorno: la cerveza, la sidra... actuaciones de grupos folclóricos, incluso algún año pusieron los caballitos.
Pienso que sí, que el parque del Muelle se merece una reforma, una reforma humana. Salvaguardando lo que tiene de bello: sus árboles, sus estatuas, sus jardines, sus cañones y sus fuentes, todas ellas. Que nos traen frescor, y recuerdos del pasado, de cuando éramos pequeños y nos llevaban al concierto en el quiosco y de paso a comprar un helado o golosinas.
O cuando pasábamos casi corriendo para coger la lancha que nos llevaba a la playa de San Balandrán al otro lado de la ría, lo que ya en sí era una aventura. Llegar a la playa en lancha. Todo un lujo.
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