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Badenes, mascarillas y otros obstáculos

16 de Julio del 2020 - Alejandro González Lada (Urbiés)

Cuando era un crío, la carretera era un rosario de baches sin cuneta. Ir de acompañante en un turismo era toda una aventura, no existía línea delimitando los hipotéticos carriles, y así en algún que otro tramo se invadía el espacio reservado a la circulación en el otro sentido, para evitar el socavón que presentaba el firme.

Si viajabas en autobús, daba la sensación de que los baches no eran para tanto, pero como al señor conductor le diera por acelerar más de la cuenta, bien para recuperar el retraso acumulado o para llegar pronto a su destino, los botes en los sillones eran inevitables.

Con el paso del tiempo vimos cómo la carretera se remozaba, se construía una cuneta de hormigón, se encofraban muros para evitar deslizamientos, se colocaban quitamiedos, etcétera, por fin teníamos una carretera en condiciones, pero la dicha no iba a durar mucho. Al mejorar el firme hubo personajes que se tomaron la carretera por un circuito, y como consecuencia de ello empezamos a ver cómo las farolas del alumbrado público, vallas y muros, presentaban daños o debían sustituirse. La cosa no quedó ahí: los vecinos, preocupados por la velocidad a la que algunos energúmenos pasaban por delante de sus casas, denunciaron la situación a las autoridades, y al poco tiempo vimos cómo aquella nueva carretera se poblaba de badenes de todo tipo y volvíamos a revivir la experiencia de viajar por una carretera moderna con baches artificiales.

No escarmentamos, ¿o deberíamos decir “no escarmientan”?... Me refiero a si es necesario imponer una regla que por obvia debería respetarse, por el simple hecho de velar por la seguridad de todos, ¿tenemos que esperar a que nos impongan unas restricciones por no denunciar, directa o indirectamente, a quienes incumplen de forma reiterada, sin respeto alguno a las normas de la convivencia que deberían regir la vida cotidiana?... No lo dudes, la respuesta es sí. El uso obligatorio de la mascarilla es algo que a nadie pilla de improviso, llevábamos semanas viendo que la relajación de mucha gente nos iba a traer consecuencias: botellones, festejos, celebraciones, aglomeraciones, es decir, todo aquello que la “nueva normalidad” prohibía se hizo, y no sabemos hasta qué punto, lo que sí sabemos es que se hizo, y más de lo que imaginamos, porque los rebrotes que van surgiendo en todas las comunidades no son fruto del uso de la mascarilla, de la distancia de seguridad, o de la prevención, y sí de un relajamiento auspiciado por la sociedad. Aunque parece inconcebible, superamos el confinamiento absoluto hace un par de meses y da la sensación de que todo aquello que vivimos no sirvió de nada; mucho aplauso, mucho cartelito, mucha solidaridad de pega, mucho presumir de cambiar, pero la cruda (por no decir otra cosa) realidad nos revela un egoísmo y una “ecpatía” impropia de personas que hayan vivido esta experiencia, y cuando me refiero a experiencia hablo de personas muriéndose por falta de asistencia médica, hospitales colapsados, profesionales trabajando en condiciones penosas, mientras tú te tomabas el vermú y las aceitunas los domingos a ritmo de Raphael, y aplaudías desde tu ventana a diario a esa gente que se estaba jugando la vida, y colgabas en Facebook o Twitter fotos y más fotos de apoyo, de ánimo, de... ¿para qué? ¿Para que llegue la temporada estival y tú consideres que el verano es verano por encima de pandemias y normas?...

Entre los diferentes tipos de badenes hay uno de sección transversal circular, también conocido como lomo de asno, ¡qué suerte la nuestra si en la vida cotidiana solo nos encontráramos el lomo y no las recuas que deambulan sin orejeras ni rumbo!

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