La debilidad de Europa
Decía Jean Monnet: “Los hombres solo aceptan el cambio resignados por la necesidad y solo ven la necesidad durante la crisis”. Monnet no solo fue uno de los padres de la construcción de la Unión Europea, sino también uno de los hijos de la Europa reducida a cenizas tras las dos guerras mundiales. Sabía de lo que hablaba.
Los dirigentes políticos de la Europa del siglo XXI no “ven la necesidad” (avanzar en la construcción de la Unión Europea) porque el fantasma de la guerra ha desaparecido y es suficiente con volver a la Europa de los mercados. No hay nadie que dé el golpe sobre la mesa. Ya no está “la mosca cojonera” (Gran Bretaña), la del “British First”, la del cheque británico, en quien recaía todos los palos de la rueda que impedían avanzar en la Europa Social. Si lo que ocurre hoy en la Europa pandémica y post-pandémica no es percibido por sus dirigentes como la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial, ¿cuándo lo va a ser? ¿Y por qué ello es así?
La debilidad de Europa no está en sus orígenes. Monnet, Schuman, Adenauer, De Gasperi... dieron el gran salto, pero sus herederos no están a la altura. Admiten dentro de sus territorios el principio democrático del juego de las mayorías (absolutas o cualificadas) para gobernar, pero no para las grandes decisiones que se tienen que tomar en Europa, estas tienen que ser por unanimidad. Este es el talón de Aquiles de Europa. Lo estamos viendo estos días, una vez más. El Parlamento Europeo no pinta nada porque no es la sede del poder democrático como sí lo son los parlamentos nacionales.
La malograda Constitución Europea no era la panacea, pero posibilitaba desatascar algunas de las estructuras que impedían avanzar. Como siempre, dieron al traste con ella, los extremos que finalmente se tocan. Los más nacionalistas (con Gran Bretaña a la cabeza) temerosos de perder soberanía y los “puristas” de cierta izquierda, los del “todo o nada”, dieron al traste con el proyecto. Hoy carecemos de ese paraguas. Por ello las negociaciones sobre los presupuestos no se hacen entre los grupos políticos, es decir, entre los representantes elegidos democráticamente al Parlamento Europeo, sino entre los jefes de Gobierno de cada país, donde los acuerdos tienen que ser por unanimidad.
Finalmente, los 27 han conseguido llegar a un acuerdo, después de cinco días agotadores. No quedaba otra, de lo contrario la Europa de los mercados habría naufragado definitivamente. La Europa social, la Europa de la armonización fiscal, ni está ni se le espera. Mientras la Europa de los Derechos Humanos se desangra por el Este. Orbán (Hungría), Duda/Kaczynski (Polonia), Babis (Chequia), una vez más se ríen de Bruselas. Han conseguido que no se contemple el requisito que Mark Rutte (Holanda) exigía para que un país sea beneficiado de los fondos, respetar en su legislación los derechos de las minorías, LGTB, la independencia del poder judicial, la libertad de prensa. Por esta democrática exigencia, el liberal Rutte... sí, el tacaño, el frugal, ha sido tachado por Victor Orbán de comunista (¡!). Europa cada vez más débil se ha bajado los pantalones ante los autoritarios del Este. Decía el otro padre fundador de Europa, Robert Shumann, en 1950: “La libertad asusta cuando se ha perdido la costumbre de utilizarla”. A Kaczynski le entra la risa.
La Europa más rica, amenazada en sus territorios por el avance de la extrema derecha, olvida que el neofascismo ya gobierna en el Este (Hungría, Polonia), son anti-Europa, pero se benefician de ella (Polonia es el país que más recursos ha recibido desde que se integró). Ellos saben que no se les puede echar del Club de las democracias avanzadas porque el Tratado que los vincula establece cómo se puede entrar, pero no cómo echarlos. Solo meras advertencias, ruegos y peticiones que, en el peor de los casos, pueden terminar con la retirada del voto durante un tiempo. Orbán, Duda, Kaczynski, Babis... se ríen: “Llámame autoritario, pero dame el dinero”.
De vuelta a casa, los presidentes y primeros ministros defenderán y destacarán lo conseguido para su país, en sus parlamentos y en los medios de comunicación. Ello está bien, especialmente para España e Italia, que no podrían recuperar sus economías en la post-pandemia sin lo conseguido en estos días. Salvando las distancias, el acuerdo es una especie de “Plan Marshal” para salir de la crisis, pero nadie hablará de las debilidades de Europa, de los paraísos fiscales (Irlanda, Holanda, Luxemburgo), estos continuarán; de la armonización fiscal que ni está ni se la espera: igual que continuará la risa de Orbán. Como muy acertadamente señala André Gil (elDiario.es): “Lo que está por venir es cuánto se mirará la UE en su espejo del pasado o si realmente apostará por un nuevo paradigma. De momento, no se habla de troika, ni de hombres de negro”. No es “moco de pavo”.
Por todo ello, no entiendo la euforia desmedida que califica al resultado de la Cumbre Europea como un hito histórico (abusamos del término “histórico” con demasiada frecuencia). El periódico “El País”, va más lejos: “El acuerdo constituye uno de los grandes momentos de la Europa comunitaria. Equiparable, porque viene a refundarla, con otras encrucijadas claves como su propia creación en 1957 y con el lanzamiento de la moneda única en 1998-2000”. Nada más, ni nada menos, hemos refundado Europa... y yo sin enterarme.
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