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¡Contigo pan y cebolla!

26 de Julio del 2020 - José Antonio Colao Álvarez (Oviedo)

Recientemente, he descubierto una quinta juventud... después de la juventud adolescente (inmadura hasta para ser juventud), la primera juventud (la década de los veinte años), la juventud madura (la década de los treinta años) y la juventud doblada o cuando se cumplen veinte años de haber cumplido los veinte años y ya se tiene mucha experiencia y -aunque no toda- aún queda mucha fuerza (década de los cuarenta años), me he encontrado, al final de la década de los cincuenta años, con otra oportunidad de sentirme joven: ser aún demasiado joven para ser viejo... Ya sé que este criterio sólo lo comparten conmigo los que rondan la década de los sesenta. Para un veinteañero como mi hijo, yo, hace tan sólo diez años, era “chanchi” y ahora chocheo... ¡Todo no se puede tener! Y más allá de mi satisfacción personal por la recién descubierta juventud, no puedo aspirar a que esta sociedad no trate de darme ya pasaporte con destino a lo rancio, carca e innecesario, pues parece definitivo que apenas se puede aportar, a esta sociedad superflua donde las hubo, nada desde el umbral de los sesenta. No obstante, me voy a atrever a hacer una reflexión en voz alta de lo que la quinta y sexta décadas aportan a una persona que está a punto de situarse entre las dos... y dejo ya claro que entré en la quinta década con mal pie. Pues, apenas estrenados los cincuenta, me atacó mi primer achaque oficial de mi quinta juventud en forma de dos hernias discales en las dos últimas vertebras de la columna que, además, pinzaban el nervio ciático y me producían unos terribles dolores que terminaron por incapacitarme casi por completo a lo largo de los últimos tres años. Pero los dolores cesaron, tras varios sabios tratamientos que mi médico de familia, la doctora Carmen Prado, fue regulando hasta dar con los fármacos y dosis adecuados. Y, aunque sigo haciendo rehabilitación, esa fase la doy por zanjada. Pudiendo centrarme en las ventajas de mi quinta juventud: dedicarme por entero a las cosas que más me agradan. Caminatas, lectura de libros que leo por el mero placer de leerlos, y escritos que no tienen destinatario, o quizás les esté preparando la lectura a mis deseados nietos... ¡Pero, a este paso, todavía queda...! En mi juventud real -finales de los 70, principios de los 80- había una frase que resumía axiomáticamente la motivación de muchas parejas jóvenes para casarse, aunque no tuvieran ni un duro y hubiesen de forjar su propio puesto de trabajo como autónomos: ¡Contigo pan y cebolla! Si bien es cierto que yo salí rana a esa generación en que lo normal era casarse muy jóvenes, sí es verdad que la mayoría de mis compañeros se aplicaban el aforismo y formaban familias muy jóvenes. Al menos comparando las estadísticas de mi generación con las de los matrimonios de las nuevas generaciones. Pero el lema era una expresión vital: ¡no importa que no hagas lo que amas con tal de que ames lo que hagas...! Así, pues, nos es posible -a nuestra generación- disfrutar con lo más simple en la vida. Pues, si amo lo que hago... ¡contigo pan y cebolla!

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