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La segunda muerte de Atatürk

27 de Julio del 2020 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

Mustafá Kemal Atatürk, el padre de la Turquía moderna, murió en 1938. No llegó a ver los horrores del nazismo, pero participó en casi todas las batallas de su convulso país, inmerso en una de las zonas más conflictivas y turbulentas del mundo. Consciente de que Estambul (la antigua Constantinopla) ostentaba el privilegio de ser el puente entre Occidente y Oriente, y, por tanto, atesoraba un envidiable tesoro cultural, religioso, filosófico… como ninguna otra ciudad del mundo, dio un paso de gigante al transformar Turquía hacia la laicidad en la gobernanza y la tolerancia en la cultura.

Como Imperio otomano, participó en la Primera Guerra Mundial, junto a Alemania desde Rodosto (a orillas del mar de Mármara). Su actuación, defendiendo la zona contra el desembarco aliado (ingleses y franceses), fue tan brillante que a los ojos del pueblo turco sería su nuevo héroe nacional con el título de comandante. A partir de entonces se convirtió en pieza clave para dirimir la lucha de poder entre los dos gobiernos que, de facto, se disputaban el futuro de Turquía: el de la Gran Asamblea Nacional de Ankara (nacionalista) y el Imperio de Constantinopla. Surge la Turquía moderna de la mano de Atatürk, liberada de ataduras religioso-fundamentalistas.

El sueño y el legado de Atatürk fue convertir su país en una democracia islamista abierta a las minorías judías y cristianas, dando con ello respuesta a la historicidad del territorio. Cuatro años antes de su muerte, decretó que uno de los símbolos de la cultura e historia de Turquía, Santa Sofía, dejara de ser mezquita dedicada al culto y al rezo, para convertirse en museo y reflejo de su historia.

Quien visita por primera vez Santa Sofía queda embriagado por su belleza monumental y arquitectónica; considerada como el epítome del arte bizantino y que algunos señalan como el inicio del cambio en la arquitectura. El asombro de estar contemplando algo único e irrepetible me ha ocurrido dos veces, con el Taj Mahal (India) y con Santa Sofía. Ubicada en la plaza de Sultanahmet, recopila como nadie la historia del Imperio otomano/Turquía o, lo que es lo mismo, sus 1.500 años de historia. Inaugurada en el 537 por emperador Justiniano como catedral y sede del patriarcado, la convirtieron en iglesia católica tras la invasión de los Cruzados (1204), pero pronto, 57 años más tarde, volvería a la fe ortodoxa. En 1453 el sultán otomano Mehmet II la dedicó al culto, en forma de mezquita, hasta que Atatürk, en 1934, definitivamente, la convirtiera en museo para deleite de todas las culturas y sensibilidades, lo que le valió que la Unesco le otorgara el título de Patrimonio de la Humanidad en 1985.

Turquía nunca ha dejado de ser convulsa después de Atatürk; varios gobiernos inestables se han sucedido, entre golpes de Estado y sonadas militares, pero ningún Gobierno cuestionó el “status” laico/integrador de Santa Sofía, que corría paralelo a las reformas en Derechos Humanos y la laicidad del país, valores que lo convirtieron en firme candidato a ingresar en la UE, de la mano precisamente del hoy responsable de la segunda muerte de Atatürk.

El 24 de julio de 2020 quedará grabado en la memoria de los turcos abiertos al mundo y en las paredes de esa maravilla que es Santa Sofía, la aberrante decisión de Recep Tayyip Erdogan. La islamización del monumento es el pistoletazo de salida hacia la “neootomanización” de Turquía, que, ante el fracaso de su ingreso en la UE, ha optado por la aventura delirante de convertirse en actor principal de esa área del mundo, con mando en plaza y con pretensiones de un fuerte liderazgo geopolítico y, por supuesto, espiritual dentro del caótico y desestabilizador mundo islámico. La restauración del califato, mientras las campanas de toda Grecia tocan en señal de luto y la prensa afín a Erdogan se rinde ante el nuevo sultán, la UE todavía no ha dicho esta “boca es mía”.

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