Un rey de quita y pon
El rápido desgaste que sobre la imagen del Rey emérito han desencadenado en el último año sus escándalos (económicos y otros, personales) y la progresiva tensión sobre la institución monárquica le llevan a emigrar con urgencia.
El juancarlismo ya había iniciado hace tiempo una caída en picado. Pero los últimos retazos provienen de las revelaciones de "una antigua amante" (la empresaria y princesa danesa Corinna Larsen) sobre las supuestas comisiones que recibió por el contrato del AVE en Arabia Saudí. Y de ahí se tira de la manta y aparecen otras historias de posible corrupción del emérito.
El viaje a Botsuana, a la caza de elefantes, junto a su "amiga íntima" Corinna, fue el principio del fin. Pero no fue el único safari al que asistió el emérito ni la exprincesa Alteza Serenísima Larsen fue la única "querida". En la historia de España, todos los Borbones han cazado y han tenido varias barraganas y han hecho acopio de riquezas opacas, pero España atraviesa una crisis muy grave y la nueva generación de españoles no tolera lo que antes sí era consentido.
"Los españoles menores de 40 años me recordarán solo por ser el de Corinna, el del elefante y el del maletín", dijo el emérito a un amigo íntimo hace unas semanas.
Las críticas, entonces, no solo arreciaron de los grupos animalistas y ecologistas. Buena parte de la izquierda parlamentaria criticó la falta de ejemplaridad moral del monarca, disfrutando de la matanza de paquidermos y de sus escarceos "corinnos", amorosos y pecuniarios.
Los tejemanejes del Rey emérito con las monarquías del Golfo, la mayoría dictatoriales, han sido constantes. Sus "affaires" reales van desde el nepotismo, cacerías, amistades de dudoso apego y una princesa de pacotilla, sin contar otros amoríos y desamores... Suculentos negocios, arcas negras, evasión fiscal, etcétera. Toda una gran decepción, un gran desencanto con la monarquía borbónica juancarlista, que obvia lo bueno que consiguió en los primeros años de su reinado.
Al final tenemos un rey de quita y pon, muy propio de los Borbones. Así es; lo puso "Franquito". Siempre le recordaremos porque fue colocado "a dedo" por un dictador tirano y asesino. Se rodeó el emérito, para trincar a diestro y siniestro, de una corte de empresarios y nobles que le apoyaban en sus cacerías y en sus correrías, y que fueron cómplices de sus oscuros negocios.
Es curioso recordar que "en España las repúblicas las han traído los reyes con sus nefastos actos, no los revolucionarios". Pero tampoco seamos más papistas que el Papa. Si Juan Carlos I ha cometido delitos fiscales o no lo dirá la justicia. Lo que sí se ha demostrado ya es la bochornosa e intolerable falta de ejemplaridad de toda una institución, no de una sola persona. "Toda la familia se ha beneficiado del dinero del padre hasta que los han pillado con las manos en la masa".
El expresidente catalán Jordi Pujol declaró en una ocasión que si no le dejaban en paz (con sus asuntillos de las mordidas del 3% al 5%) hablaría y temblarían los cimientos del Estado. Pues parece que ya ha llegado ese momento, sin que diga una sola palabra Pujol. Casi toda la verdad sobre la miseria moral y corruptelas del emérito campechano están saliendo a la palestra. Ha huido del país, sí; pero con el riñón bien cubierto y sin aclarar sus turbios asuntos económicos.
El matrimonio de los Reyes eméritos estaba roto hace décadas, aunque con la decisión de Juan Carlos I de abandonar España se materializa de manera aún más evidente.
El mito del hombre de Estado que decía que solo velaba por la patria, por el bienestar de los españoles y nunca por sus bolsillos reales se nos ha caído del trono... Con el tiempo descubriremos quién fue realmente este emérito, que alguna vez fue el campechano y la barrera de freno ante los impulsos reaccionarios del neofranquismo y la ultraderecha. Su comportamiento, el proceder de esta guisa, es típico y tópico del gen borbónico.
Esperemos que la justica suiza -y otras- no nos de otro susto más con las pesquisas que están llevando a cabo sobre este tema y no salpique más a la monarquía.
El emérito -ya caído en desgracia- puede que no levante el vuelo ni aquí ni en Portugal, ni en la República Dominicana, ni en Pernambuco, o donde quiera exilarse. Pero un exilio dorado no tributa a Hacienda. Además, es un destierro sin honores. Como solemos decir: ser patriota, ser leal a España, es pagar impuestos aquí.
Pero la crisis no está solamente en que el anterior jefe del Estado haya resultado ser un personaje corrupto y algo más, presuntamente aún, sino en cómo reacciona el aparato del Estado a este descubrimiento. Quizá no sea el momento de plantearse una reforma de la Constitución en tal sentido, aunque parece que va a ser inevitable a medio plazo.
Los partidos políticos, los medios de comunicación y las instituciones del Estado no pueden mirar para otro lado ante tanta falsía del emérito. Ni los españoles tampoco.
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