¡Viva el Rey!
Juan Carlos I fue un soberano consagrado desde su nacimiento en cuerpo y alma a los intereses de España bien entendidos; y esos intereses son ante todo la prosperidad pública y la honra nacional, a los cuales sacrificó heroica y concienzudamente su talento, su reposo, su vigilia, su salud y su propia vida. En su día, los españoles lo aclamamos afirmando sus prerrogativas y títulos de legitimidad por obra y gracia de la Constitución española, es decir, de nuestra voluntad, y porque en él residía el secreto de la defensa nacional. Durante su reinado evitó la guerra y preservó la paz.
Su partida de España es sentida, pero "nobleza obliga", y el Rey emérito lo entiende así. Con él se van para no volver aquellos tiempos en los que un hombre resumía todo un siglo, personificaba una idea y condensaba una civilización. Como Moisés representó el tránsito del pueblo hebreo del estado nómada al civil, el Rey Juan Carlos representó el tránsito del pueblo español del estado filial al de emancipación, de la dictadura a la democracia, y lo hizo con acierto casi sobrenatural, pues cuando hay hombres verdaderos, no hay dificultades invencibles.
Y ahora, esos que saborean la palabra dulce, encantadora: "Democracia", esos que tienen en poco lo que más deben apreciar, con sus teas encendidas en la mano, armados de una lógica tan grave y demoledora como la maza de Hércules, van destrozando los bustos y las estatuas del Rey emérito mientras, al estilo feudal, requieren para sí, para su clase privilegiada de señorías y señoríos, los diezmos para poder vivir ellos y sus descendientes holgada y regaladamente.
En lugar de republicanos tenemos egoístas y, a la postre, déspotas, hombres y mujeres para quienes los empleos públicos son granjerías que explotar para su provecho y el de sus allegados y descendientes, y no cargos inseparables de una gran responsabilidad y de graves deberes.
Y como todos son iguales, todos harán lo mismo, y nos encontraremos con que la sociedad republicana no será más que una arena candente en la que las pasiones desencadenadas se disputarán los pedazos emponzoñados del poder. Esto es lo que vimos la otra vez, cuando la república llegó a ser forma de gobierno en España. Solo hace falta fijarse en las doctrinas, en los proyectos y en los actos de los que se llaman republicanos hoy día y aspiran al poder o se hallan en él. Al lado de estos energúmenos, los terroristas son corderos.
Y mientras los enemigos de España la estrechan por todas partes, ¿qué hace ese auxiliar del comunismo que es Pedro Sánchez? ¿Qué hace ese miserable Pablo Iglesias, que mancha con su baba impura el Congreso y que no hubiera podido hallar hospitalidad ni en Sodoma? ¿Se pueden equiparar las notas especiales y características de la autoridad directamente constituida para regir la jefatura del Estado con la persona de Pablo Iglesias, que no hace más que registrar derrotas, a cual más desastrosa, hasta hoy no interrumpidas, y que maneja, y mal, a una turba de ignorantes, de maleducados, sin alma y sin corazón?
Quieren usurpar la potestad regia para monopolizar la gobernación política, pero sin eliminar sus propios privilegios e inmunidades; quieren extinguir en la mente y en el corazón de los españoles toda noción de dignidad, y con ella, todo medio de resistencia legítima, de modo que se nos pueda dirigir y explotar como a rebaños de idiotas para gloria y provecho del actual Gobierno, que, pérfido, alucina a sus vasallos con promesas de bienandanza.
En la guerra contra ETA Juan Carlos I pudo haberse ido, pero no se fue, no abdicó, porque los españoles no estábamos tranquilos ni nos sentíamos libres ni protegidos. Se mantuvo firme y arriesgó su vida, porque escuchó el quejido lanzado por la sociedad en el lecho de sus dolores. Hoy están cómodamente sentados en sus sitiales del Congreso aquellos que amedrentaron a nuestro pueblo con sus sangrientas acciones, mientras nuestro baluarte frente al terror se ha ido, hastiado del mefítico periodismo que se cree con derecho a entrar no solo en la vida social del Rey, sino en su secreta e individual conciencia.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

