La República de los Soñadores
Desde que el coronavirus hizo acto de presencia en Europa y arrasó con la vida y la economía de los europeos, parecía que no había más vida en este mundo que la covid-19, hasta que llegó la “tocata y fuga” de Juan Carlos I y con ello la República en el horizonte o, dicho de otro modo, el Emérito restaurando el espíritu de la Tercera República y, de alguna manera también, dándole la razón a Adolfo Suárez, cuando decía: “Al Rey hay que cuidarlo de sí mismo”.
Pero lo siento. Siento haber empezado así, pero no voy hablar del debate, monarquía/república en España, sino de uno de los episodios menos conocidos de la Europa convulsa del primer tercio del siglo XX, que ha sido recuperado y magníficamente descrito por el escritor y crítico literario alemán Volker Weidermann en su libro “La república de los soñadores”. Episodio histórico, protagonizado por un grupo de intelectuales que, ante los ojos atónitos de políticos, monarcas, medios de comunicación y poderes fácticos, en 1918 asaltaron el poder, “asaltaron los cielos”, y proclamaron la República Libre de Baviera sin disparar un solo tiro. Sesenta y seis años más tarde, lo harían los portugueses, también sin disparar un solo tiro, pero protagonizado por militares demócratas, cansados de aguantar la dictadura de Salazar.
“Una república gobernada por poetas, literatos, periodistas e intelectuales. Como presidente un crítico teatral melenudo y místico. Sus principios: el pacifismo radical, la democracia directa, la justicia social y el poder de la fantasía. ¿Es una utopía? No: es historia”, así se expresa el editor del libro de Weidermann, ¿Alguien da más?
Lo cierto es que uno no sabe quién es realmente el protagonista de este singular episodio en la vida de la Baviera alemana y de las cenizas de la Primera Guerra Mundial, en medio de la Revolución bolchevique y con el apadrinamiento de Thomas Mann, Herman Hesse, Rainer María Rilke, entre otros intelectuales de la época, y con la “Novena sinfonía” de Beethoven como banda sonora, interpretada por primera vez por un grupo de proletarios en una cervecería de Berlín de un barrio obrero mientras esperaban el discurso de Kurt Eisner, orador impetuoso y vitalista. Fascinado por el momento, al igual que los hombres que lo acompañaban, se olvidaron de tomar nota. Nadie toma nota de nada y el discurso republicano de Eisner, en el que se proclama Baviera como Estado libre y se elige al orador como jefe de Gobierno, no quedó documentado (¡!). Mientras, no muy lejos de allí, la familia real, apartada del poder, sin poder creérselo, camino de Wildenwart, camino del exilio.
Volker Weidermann narra el episodio con una maestría digna de un thriller, pero no un thriller cualquiera, sino de un thriller histórico, transformando las verdades subjetivas de los que vivieron la epopeya en un relato ágil que engancha al lector desde la primera página y lo sumerge por aquellos días convulsos e ilusionantes que los protagonistas de aquello pudieron haber cambiado el rumbo del siglo XX. “Una deliciosa invitación a adentrarse en un episodio utópico, y sin embargo real, del que sabemos demasiado poco” (SWR Lesenswert), donde las facciones de los partidos de izquierda que apoyaban a los “soñadores” se acechaban mutuamente. No había confianza entre la gente del SPD, USPD, anarquistas y comunistas y, por tanto, la utopía nacía herida de muerte. El 21 de febrero, tres meses después de la proclamación de la República Libre de Baviera, su líder y jefe de Gobierno, Kurt Eisner, es asesinado en la Promenadenstrase. Al entierro multitudinario acuden más de cien mil personas acompañadas de la música de Ludwig van Beethoven, “El cielo aclama la gloria de la eternidad”.
Catorce días después, se elige a Ernst Toller como sucesor y jefe de Gobierno y se proclama la República Soviética de Baviera y, con ello, el triunfo de las tesis más izquierdistas del movimiento. El caos se apodera de las calles, se suceden gobiernos que duran horas, seudogobiernos, gobiernos paralelos, “el poder fluye sin dueño por Münich” y el golpe de Estado es cuestión de horas. El Domingo de Ramos, 13 de abril, se da por finalizada la República de los Soñadores, mientras circula entre algunas élites intelectuales el libro “La decadencia de Occidente”, de Oswald Spengler, terriblemente reaccionaria que apuesta por la llegada de un personaje redentor que avive la llama de Friedrich Nietzsche, “En la historia, lo importante es la vida y siempre la vida, la raza, el triunfo de la voluntad de poder, y no la victoria de las verdades, los descubrimientos o el dinero”. En medio de todo ello, deambulaba sin rumbo, por las calles de Münich, un desconocido hombrecillo, un cabo del Ejército que acababa de vivir las batallas de la Primera Guerra Mundial, Adolf Hitler.
La República terminó a los pocos meses de nacer, exactamente cinco meses, con la mayoría de sus actores en presidio, exiliados o muertos. Víctimas de su bisoñez, luchas internas, sectarismos ideológicos. No se había vivido la revolución con el cerebro, sino con el corazón. Toller, antes de su detención, se refugia en una librería y es descubierto por un subteniente del bando golpista, a quien le pide si puede dejarle su uniforme para poder ir por la calle con seguridad. El subteniente, encantado, le pone una condición: “Se lo regalo, con todas las condecoraciones e insignias. Solo exijo una cosa a cambio. Si usted recupera el poder, regáleme un avión, quiero volar hasta la tierra de los esquimales, casarme con una mujer esquimal y olvidar esta maldita Europa”. “De acuerdo, hecho”, le contesta Toller.
Vuelvo a reiterar mis disculpas por no abordar el debate de la Tercera República española en este texto y hablar de lo ocurrido en Baviera en 1918, que nada tiene que ver con lo que ocurre en España... ¿o sí?
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