¿Adónde irán los besos?
Eso se preguntaba Víctor Manuel antes de que pasara todo esto del covid-19 y yo lo hago ahora. No sé adónde irán, pero de lo que puedo estar segura es de que el sitio está lleno a reventar. Llevamos cinco meses mandando a ese limbo todos los besos y todos los abrazos que, ansiosos, esperan el momento de eclosionar, como las almas que en estado latente esperan contemplar a Dios para vivir la eterna dicha.
Me cuesta vivir sin dar y recibir besos y abrazos, se me hace más complicado cada día. Con la "nueva normalidad" creía que todo iba a mejorar, pero la prudencia y el miedo a contagiar sin saberlo a quienes más quiero hacen que siga aguantándome las ganas. Porque tengo unas ganas tremendas. Pertenezco a una gran familia, me crie entre mimos y abrazos. Vivir sin ellos me llena de tristeza. No me extraña nada que sea en reuniones familiares donde se den muchos de los nuevos brotes de los casos de covid-19. ¿Cómo unos padres que pasaron el confinamiento lejos de sus hijos y nietos no van a tener ganas de besarlos y abrazarlos cuando al fin pueden encontrarse con ellos? Tenemos que aguantarnos un poco más por el bien de aquellos a quienes más queremos, aunque nos de una pena horrible.
Lo que no entiendo en absoluto es que sean bares el otro origen de la mayoría de los rebrotes. Entiendo que pase, viendo la laxitud con que acatan las normas de higiene en algunos de ellos, lo que no entiendo es el motivo que tienen para saltárselas. Es un rollo andar desinfectando las sillas y mesas cada vez que un cliente se va -un trabajo extra y un gasto en desinfectante- y tener todo el rato puesta una mascarilla que da calor -en la barbilla no agobia nada- y hay que cambiar cada cierto tiempo; pienso que todos esos inconvenientes compensan al grave perjuicio que sería desinfectar todo el local y poner en cuarentena al personal y a los clientes por un contagio de covid-19.
Me gusta dar algún dinero a ganar a los hosteleros de mi barrio tomando algo en sus locales -me suelo quedar fuera, en la terraza-, pero si veo a la cocinera salir a dejar un plato de pinchos en la barra sin la mascarilla puesta o al camarero servir un café con ella por debajo de las narices, ya se me quitan las ganas de hacerlo. Debería decir algo, pero como aun diciendo educadamente las cosas recibo algún chorreo, opto por callarme. No vuelvo y está. Todos deberíamos hacer lo mismo. Los hosteleros se quejan, con razón, por lo mucho que les golpea la crisis económica. Deberían seguir con celo las normas de higiene -la mayoría lo hace, lo sé-, porque como la cantidad o extensión de nuevos brotes vaya a más, se van a endurecer las medidas contra la hostelería, que es foco de muchos de ellos.
En mi trabajo me explican lo que he de hacer y me obligan a seguir protocolos de higiene para con el público y mis compañeros. Si no lo hago, podría ser objeto de sanción y si alguien del público me viera incumpliendo las normas en vigor para toda la comunidad -no voy a ponerme a valorarlas, pues no soy versada en salud pública-, estaría en su pleno derecho de denunciarme y yo llevaría las de perder. No entiendo que un hostelero o un taxista -el otro día tuve que pedirle a uno que se pusiera la mascarilla, y cuando lo hizo dejaba las narices al aire y protestando se las cubrió; yo no daba crédito a lo que me estaba pasando-, cuyo sueldo depende directamente de sus clientes, no tengan respeto hacia ellos y se olviden de que pueden contagiarles una grave enfermedad.
Vamos a tratar de ser respetuosos con las normas, vamos a cuidar unos de otros para que el día de volver a los besos y los abrazos no tarde tanto en llegar.
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