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Una mirada de comienzos

15 de Agosto del 2020 - Nacho Rozas Mera (Oviedo)

Seguía escribiendo. Tenía el periódico abierto sobre la mesa en la escasa sección cultural. Más tarde había quedado para ir a la ópera, programaban “Le nozze di Figaro”, y en su cabeza ya sonaban los rítmicos acordes de la marcha nupcial de la obra. Un café solo y un vaso de agua acompañaban a la gaceta, pero él solo observaba su cuaderno. Siempre había usado libretas de rayas porque era incapaz de mantener recta su escritura -¿no sería esto un reflejo de su vida? -. Tenía demasiado trabajo en el despacho, pero a las 20.00 siempre se sentaba con el último café del día, el que horas más tarde le impediría conciliar el sueño y le mantendría despierto hasta la madrugada.

Era, como diría Modiano, un parroquiano del café. Hacía esquina en su calle y abría y cerraba sus días. Los comenzaba leyendo las noticias de la mañana y los cerraba escribiendo, a modo de diario, en sus cuadernos. Pero aquella noche estaba tan ensimismado con la historia que ni siquiera se dio cuenta del gol del Madrid. Escuchaba, con extraña atención, la historia de la pareja que, intuía, estaba sentada en la mesa a su espalda. Aquella voz le resultaba familiar, pero con el ruido del local no conseguía reconocerla.

Era una aventura cotidiana, de una mujer sencilla, había comido con sus amigas al salir del colegio, habían ido a El Corte Inglés y, por lo visto, ella se había comprado un conjunto de encaje negro que a él le iba a volver loco esa noche. También había ido a una boutique, donde tenía ya ojeado un pantalón de tiro alto negro, que vendría a reponer uno viejo que ya merecía el retiro. Él se limitaba a seguir el día de su contertulia con leves onomatopeyas de aprobación. Era tímido, callado y, aun estando de espaldas, podía notarse que la penetraba con la mirada. Una mirada de enamorado, una mirada de comienzos. Ella proseguía con los planes para el fin de semana. Una cena, una visita al mar, quizás una exposición o una película. A él todo aquello le aburría, prefería quedarse en casa y ver las cintas de siempre, algo de ciencia ficción. Pero seguía confirmando su buena disposición ante lo que ella le proponía.

“No había historia”, pensó. “Les quedan dos telediarios. Sé reconocer cuando una historia es buena y duradera”. A él también le habían quedado dos telediarios y no lo supo ver venir. Sentía un sentimiento de hermandad con el hombre de su espalda, de afinidad, de simpatía. Llegó la hora. Ella era puntual. Traía el abrigo negro, las entradas para la función y una cara de frío que protegía con la bufanda Barbour que a él tanto le irritaba que usase, impregnándola de su perfume de mujer. Se sentó a su lado. Observó su cuaderno y le besó. Pagó su café -sabía que él no tendría suelto y que lo dejaría a deber- luego, le puso la bufanda colgada de su cuello, otro beso y se fueron. En la puerta él recordó aquella voz, era demasiado familiar, miró a la mujer que había estado todo ese tiempo a sus espaldas. La vio y le sonrió, una mirada de final. “No más telediarios”, pensó.

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