Tiempo de rojos
¡Hambre y piojos! Empiezo por lo segundo. Nos han llegado este año en forma de coronavirus. Venimos padeciendo sus efectos desde febrero. Gracias a la gestión de quienes nos gobiernan, los tenemos inoculados hasta el tuétano, hasta el punto de haber ocasionado casi 50.000 ciudadanos fallecidos: 250 veces más que la catástrofe del 11M y 150 veces más que la catástrofe del 11S. Y serán más, porque sus consecuencias, lejos de desparecer, aún persisten, incluso están aumentando.
En cuanto al hambre, se percibe próxima, a la vuelta de la esquina, o sea, del verano: más ERE, paro, impuestos, miseria y desesperación.
Es habitual que un político no desarrolle todas sus promesas en cuanto toca “Moncloa”. Lo han hecho todos. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Es hasta comprensible que cuando se enfrenta a la realidad y abre la "caja de los recursos" se dé cuenta de que no hay suficientes para ejecutarlas todas. Diría que la ciudadanía, hartamente acostumbrada, hasta lo podría llegar a comprender, pero en el caso del doctor ha sido todo un verdadero récord merecedor de los Guinness: no ha ejecutado y no va a poder ejecutar ninguna.
No es cuestión de mala suerte. Se llama incompetencia. Lo peor de todo es que no podemos decir que haya engañado. Nos hemos autoengañado al depositar nuestra confianza en él. Es, por lo tanto, responsabilidad nuestra, ¡exclusivamente nuestra! De hecho, ya nos había mostrado sus “artes” desde su primera etapa como secretario general y, por cierto, que le han hecho merecedor de expulsión por parte de sus propios compañeros. Lo que está sucediendo en su etapa de presidente no ha sido más que la consolidación de lo que ya sabíamos: desde el doctorado hasta su gestión en esta pandemia, todo ha sido una orgía de despropósitos, manipulaciones, mentiras, trampas y engaños.
Ahora tenemos que cargar con las consecuencias de haber elegido a un irresponsable confirmado para dirigir un asunto para el cuál no posee la más mínima competencia. Ese es nuestro gran pecado, y, consecuentemente, ahora llega nuestra penitencia. A ver si con ella, de una vez, aprendemos.
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