Aire

16 de Agosto del 2020 - Fernando Martínez Álvarez (Grado)

Ahora me va la cabeza a otro pensamiento.

Doy en la idea de que sólo soy aire; únicamente aire.

Topé con ella tras haberme parado a pensar en mi respiración...

El aire entrando..., recorre el interior de mi nariz, la tráquea, el árbol bronquial; hasta el final de sus ramificaciones en los alvéolos pulmonares. En el interior de ellos, el oxígeno, valiéndose de la magia de la química, pasa a los minúsculos capilares sanguíneos, que abrazan la parte externa de esos pequeños globitos flexibles.

El preciado elemento entra en la sangre. Y su flujo por el sistema circulatorio consigue que sea repartido por todo el organismo. Células, tejidos, órganos..., por supuesto, también el cerebro: todos reciben la indispensable dosis de ese componente básico para los procesos vitales.

Abandono ahora mis pensamientos de exploración fisiológica. Pensamientos. En definitiva, son lo que soy como individuo.

Toda mi realidad (a mi alrededor y también la de mi interior) es sensorial. Los colores, sabores, olores, sensaciones, incluso las emociones o los sentimientos, son física, química o ambas cosas a la vez; y puedo experimentar todo gracias a mi cerebro, alimentado por el oxígeno de ese aire que inhalo en la respiración. Y la mente, ese algo inconcreto que todo lo procesa. Nadie sabe hasta hoy dónde puede encontrarse. Cuál puede ser su posible ubicación en nuestra geografía corporal. Hay quien piensa que es sólo el intangible “entramado” de esos procesos físicos y químicos que se dan en el cerebro, pero ¿no parece ser algo aparte de él? Desde luego no es el cerebro. Ni tampoco el cerebro es la mente. Él es sólo un maravilloso “dispositivo”, pero nada más; sólo eso: una sofisticada “máquina” para que la mente efectúe sus trámites, y también la generación, de la información.

Siento el pinchazo de una aguja en el pulpejo del dedo, pero es en los centros del dolor del cerebro donde en realidad duele; mejor dicho, donde se registra el dolor. Pero mi cerebro ordena que lo sienta allí, en la yema de mi pulgar. La mente no duele.

Para la existencia de este precioso organismo que somos necesitamos alimento sólido y líquido, pero, sobre todo, y de forma primordial, necesitamos el aire. El cerebro no puede trabajar correctamente si se le priva del oxígeno, y esa ausencia resulta fatal para los intercambios eléctricos y químicos entre las neuronas, que con sus interconexiones son las productoras de las elaboraciones mentales.

Ahora la mía, mi elaboración mental, se limita a la concentración. Continúo percibiendo la entrada del aire en mi pecho. Siento ese aire. Casi yo mismo me siento ese aire.

Únicamente aire.

De repente, creo desaparecer; esfumarse la totalidad de mi cuerpo. Como si los mensajeros sensoriales que tienen al cargo informarme de su estado se hubieran diluido: impulsos nerviosos, nervios, tejidos, piel... no llega información alguna a través de mis sentidos: parecen no existir. Tampoco aquel “exterior” (la habitación) que antes me contenía.

Ahora soy sólo aire.

Y en este vacío ingrávido, algo parecido a un hilo de pensamiento surge de ninguna parte y me susurra...

“¿Por qué te crees tan importante?”. “¿Por qué pretendes el respeto de otros?”. “¿Por qué anhelas constantemente la consideración ajena?”. “¿Por qué has de juzgar siempre a los demás?”. “¿Por qué..., si no eres nada?”. “Por qué, si, en realidad, sólo eres aire”.

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