No estás, solo es mi memoria
Existe una sensación de vértigo a la que no quiero volver. Lloras, gritas, cierras los puños, llamas a tu madre, te pellizcas los brazos, te tiras del pelo, te encoges sobre tus rodillas, te desesperas, te destruyes. Quieres dejar de existir, porque la existencia misma te duele. Siempre me pregunto cómo un dolor emocional puede transformarse tan fácilmente en dolor físico. Tengo miedo a regresar a ese vértigo, quizá sea mi mayor temor.
Te detienes y todo continúa, no puedes respirar a pesar de tener todo el oxígeno para ti, la televisión no hace ruido y las bocas se mueven sin decir nada, como el que ve una película en cámara rápida y no consigue ni aprehender ni comprender lo que está pasando. En ese momento piensas que, o el mundo está lleno de figurantes que no hablan tu idioma, o que tú eres ese figurante. Cuando esa sensación te invade todo se vacía, igual que una casa tras una mudanza, como un patio sin niños, escuchas tu pensamiento resonando como un eco que rebota en tus muros internos y vuelve. Piensas en ella, y ella no está, ella no quiere estar. Pero en tu cabeza sí, es su recuerdo. Te atrapa la espiral de conversar con una presencia, de reprocharle lo que no hizo, de echarte en cara lo que hiciste, o lo que dejaste de hacer. El vacío es cada día mayor, crece, y tú te haces pequeño. Eres consciente de que la vida sigue -todos se encargan de decírtelo-, de que tú existes, pero ¿cómo puedes seguir existiendo? Queda una pena de sala de embarque, de estación, de despedida. Odio los adioses.
Cuando se marchó, cerré los ojos y me tapé los oídos, pero aquel portazo sigue sonando en mis sueños. La encuentro con gesto de “hasta siempre” perpetuo, un deseo de buena suerte, cuando la única suerte que tenías era ella. ¿Cómo dejar de sufrir ese miedo si la cura era ella? A veces convivir conmigo me marea, te busco, no estás, solo es mi memoria.
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