Ya toca el análisis
Hace unos meses, en plena escalada de la pandemia, escribía en las páginas de este diario que no era momento de críticas; en aquella ocasión tocaba concienciación de lo que estaba sucediendo y cumplimiento de las recomendaciones que las autoridades sanitarias indicaban. No correspondía por tanto la crítica, sin mas objetivo que la rentabilidad política o el desgaste del contrario, poniendo como escudo a la población, pero, en realidad, no siendo esta la que estuviera en su pensamiento, sino los intereses partidistas por los que permanentemente se mueven.
Ahora, con esta nueva escalada de contagios, ya es momento de análisis crítico y, evidentemente, con esta realidad, negativo. Ni Gobierno ni oposición pueden recibir felicitación alguna por la gestión hecha, cada cual en su ámbito. Ningún político/a merece aprobación ni disculpa ante lo que nuevamente la ciudadanía se enfrenta. No han sido capaces de aprender de la experiencia, ni de corregir errores cometidos, ni de informar verídicamente a la sociedad. No han aportado soluciones que deberían haber buscado en todo este tiempo, limitándose a decretar a golpe de ocurrencia, lo que en política es lo mismo que ineptitud, incapacidad y carencia de gobierno. Todo lo anterior engloba a todos los integrantes de los actuales partidos políticos, porque todos debieran aportar soluciones ante una crisis global. Con el rumbo que está tomando la política en nuestro país, gracias a los despropósitos que salen de las bocas de las cabezas visibles de los partidos políticos, no deberíamos rasgarnos las vestiduras si comenzara a tomar forma la idea del anarquismo.
No se debe culpar a un sector concreto de la población, ni a una determinada parte empresarial de lo que sucede, criminalizar a algo o alguien de una situación determinada, como la actual, no es objetivo. El enemigo es otro, la concienciación, el cumplimiento de tres simples medidas, distanciamiento, protección e higiene, deberían servir para frenar la escalada que se repite. Se ha defendido el turismo, quizá anteponiéndolo a la sanidad, haciendo ver que es el motor económico necesario para salir de la crisis económica provocada por la sanitaria, pero pensemos que todo lo que económicamente reporte el turismo no cubrirá el gato sanitario que puede generar el nuevo rebrote. Turismo sí, pero consciente, concienciado y respetuoso.
Paralelamente a esos obstáculos se añadirán los derivados del previsible descalabro laboral que sufrirán millares de trabajadores/as. Ahora bien, para ciertos asuntos sí hay ideas, que desgraciadamente repercutirán en las personas, en las pensiones, en los años de cotización de los trabajadores, en la austeridad salarial y en posibles reformas que influirán en los de siempre. Es paradójico que, en situaciones de crisis, las grandes fortunas, también las medianas y pequeñas, multipliquen su patrimonio mientras el resto de las personas, las que viven y sobreviven de su trabajo se aproximen al umbral de la pobreza.
La educación y la sanidad siempre se ponen como bandera, pero en situaciones críticas se olvidan esos postulados. Seguimos siendo frágiles de memoria y defendiendo lo repudiable, sin saber bien qué filosofía nos lleva a ello. No es extraño que el español de a pie esté detestando a los políticos, si bien lo justo sería rechazar sus políticas, sus actitudes, su soberbia y su prepotencia. Estando convencido de que la Constitución se debería adaptar a los tiempos actuales, como decía una persona, recientemente fallecida, a la que respetaba por su seriedad, honestidad y coherencia, me conformaría con que la Constitución se cumpliera. Porque con ello, cuando menos entre otras cosas, se garantizarían unos derechos a muchas personas que ahora no los tienen.
Nos hacen falta políticos con visión de Estado, con ideas claras y capacidad de aportar soluciones a los problemas sociales, para ello se les ha votado y, si no lo consiguen, deben apelar a la dignidad actuando consecuentemente a su inutilidad. Lo mismo que la patronal puede hacer uso de determinadas cláusulas de la legislación para despedir trabajadores, el pueblo que es soberano, puede decidir el futuro de sus políticos.
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