Más luz
Es lugar común identificar a “los intelectuales” con escritores o personas de letras erigidos en oráculos de la verdad más elevada, en heraldos laicos de la crítica socialdiscursiva –en pos de la ética más prístina–, oficiantes de la adoración a la cultura frente a la barbarie. En la historia han existido “intelectuales orgánicos”, dogmáticos de partido-aparato y disidentes; polemistas sofistas y eruditos ilustrados, que se jugaban el cuello cuando existían el “índice de libros prohibidos” y “los infiernos” en meritorias librerías de provincia. Tampoco son desdeñables quienes, desde el pintoresquismo y el apego a lo concreto y comarcal, tratan de encarnar el “Genius loci”. “El Quijote” es un libro inequívocamente universal, a fuer de ser localista y manchego. Josep Plá era un payés, pero también un gran intelectual terruñero. No es cierto que los denominados intelectuales sean todos “progresistas”, en un sentido de desvelos humanistas, compromiso humanitario con los más débiles y en favor de la paz. Ha habido aguerridos belicistas, defensores de Gulags y los campos de exterminio, así como amos de plantaciones esclavistas con las ideas más revolucionarias y radicales, abogados de derechos para pelucones empolvados. Proliferan escritores diplomáticos y áulicos, mediocres y eximios, pensadores con una relación privilegiada con el poder. Intelectuales malditos, cultivadores de lo visionario y lo abismal, aunque abridores, en muchas ocasiones, de nuevos caminos. Montaigne, Locke, Jung, Baudrillard, Bobbio. Los “maestros del pensar” siempre se han reducido a minorías esnob, académicos y cosmopolitas, profesores; siendo ídolos de las “clases opinantes y educadas”. Lo que realmente conmociona es la lucha diaria, la falta de oportunidades dignas para mucha gente, los totalitarismos irracionales y su espiral de contagio. Se ha dicho que España es un país de praxis mundana, barroca, festiva y vitalista, más que de grandes sistemas de pensamiento. Un país de místicos, teólogos católicos, conversos y afrancesados. Eso es historia. Pues es cierto que, en las últimas décadas posmodernas, solo nos hemos dedicado a trasponer directivas y a adoptar tendencias globalizadas; que nuestro casticismo, dicen, era menendezpelayista y de poco glamur. Hoy, como siempre, escribir en España es llorar, pero, a pesar de la plaga del covid-19, somos un país mucho más culto, con sectores tan “terraplanistas”, ignorantes o negacionistas como en el resto de países punteros. España es una colección de enciclopedias y libros del catálogo del “Círculo de Lectores”, un afán por prosperar y ser libres, esto es, independientes de criterio y no sometidos a yugos y cargas inhumanas. España conjuga y puede conjugar perfectamente con gran cultura. El problema de España es que tiene que hallar un espejo que le devuelva un reflejo donde gustarse a sí misma, con un mediano orgullo de país civilizado y no tan de Max Estrella y Don Latino. En una época de futurólogos sociólogos, economistas e ingenieros.
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