Sin hogar no es paraíso
Un barco de Salvamento llega a puerto con los cuerpos de los que no lograron alcanzar con vida la costa; ni importa ni se sabrá si venían huyendo de la miseria hacia cualquier lugar en busca de prosperidad o lo hacían de la guerra en busca de paz, en ambos casos vendrían equivocados. Su inesperado desembarco evidencia la cruda realidad de que a veces que las cosas salgan mal para unos facilita que sigan yendo bien para otros y de que sus ganas de vivir entre nosotros les han costado la vida. Nuestra privilegiada posición respecto al Tercer Mundo nos complica el asumir que alguien pueda arriesgar su vida en el mar por algo que no sea establecerse a toda costa en el paraíso europeo; algo tan normal como puede ser permanecer aquí el tiempo necesario para regresar a su hogar con lo suficiente para no volver a abandonarlo nunca por necesidad. Muchos de ellos no buscan en Europa ese paraíso ni tampoco encuentran en ella ningún sueño aparte del de regresar algún día a su país, pues se necesita del cariño de una familia y de calmar la nostalgia por tu tierra, el arraigo del ser humano por lo que quiere su corazón pero que, a veces, solo consigue recuperar con su cartera, para que un lugar se pueda llamar hogar.
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