Hasta siempre, Miguel
“Se fue Miguel, un amigo entrañable, una persona moderada y un compañero incomparable”.
Allá por febrero o marzo del año pasado, encamine mis pasos al centro polivalente de Valdesoto, que es donde vivo, ya que se iba a celebrar un campeonato de parchís y quería inscribirme para jugar. Cuando llegué al centro, me dirigí a la secretaría para apuntarme, pero allí no había nadie, recordé que en otra sala había clase de pintura y allí dirigí mis pasos, porque sabía que una persona de la directiva acudía a esa clase.
Pido permiso para entrar y allí estaba Avelino Cabeza, miembro de la antigua directiva, le expliqué mi presencia, diciéndole que quería apuntarme para jugar el campeonato y no tenía compañera, que si sabría de alguien en la misma situación que quisiese jugar conmigo, que me apuntase. Del otro lado de la sala oigo una persona que dice: “¿Julita, quieres jugar conmigo?”. Ese es mi nombre, cuál fue mi sorpresa, que esa persona era Miguel. Automáticamente dije que sí y ahí comenzó nuestra odisea.
Hacía más de 50 años que no veía a Miguel, es (o era porque ya no está) más joven que yo. Nunca me arrepentiré de haber dicho que sí. Formamos un tándem perfecto, él más moderado en el juego y yo más vehemente, disfrutamos juntos jugando aun cuando perdíamos, pero tuvimos la suerte de quedar campeones. ¡¡Gracias, Miguel!!
Luego seguimos jugando por otros sitios, unas veces ganábamos y otras perdíamos, pero lo disfrutábamos a tope. Teníamos la suerte de que nuestros cónyuges estaban encantados, conversábamos de nuestras cosas, él hacía muchos planes sobre sus nietos mellizos, Valeria y Martín, por los que sentía adoración, desde que nacieron ese era su tema de conversación, pero por desgracia poco pudo disfrutar de ellos. También su madre le tenía preocupado, pero la justicia divina no entiende de esas cosas, la dejó a ella ya muy mayor y se lo llevó a él. Yo no pude decirle “hasta siempre”, porque el 20 de agosto se marchó sin despedirse en su casa de Laspara, donde él era tan feliz; pienso que algún día nos encontraremos allá donde esté su espíritu: “Ten preparado el parchís”. Aquí deja una familia rota de dolor y yo no me olvidaré mientras mi cabeza no me juegue una mala pasada, pues era un gran amigo. “¡Qué injusta es la vida!”. A su familia le digo que las heridas se curan, pero las cicatrices quedan para siempre.
Hasta siempre, Miguel, y gracias por haberte encontrado, toda mi familia te recordará.
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