Dame cuatro años
El candidato presidencial por excelencia, libre del lastre de la permanencia, ambiciona conseguir lo máximo posible para su nación en cuatro años, aunque para ello deba aplicar medidas impopulares que le granjeen el revés social en dos; eso corroboraría su interés por realizar un buen trabajo en cuatro años, no dos en dieciséis: uno por su pobre país y otro por su potente jubilación. Como el roce con el sillón hace el cariño por el poder, la continuidad en él precisa de dominar el arte del camelo para garantizarse un sueldazo al mes o uno vitalicio hasta el fin; razón de peso por lo que en EE UU valoran mucho la fortuna personal del candidato presidencial, por si acaso este en vez de querer dejar un buen legado político a su país planea dejar zanjado su futuro personal aun a costa de un legado político de infarto, es decir, buscan un candidato que bien comido y servido ya de casa no precise comer de la Casa Blanca ni servirse de los americanos; mientras, en España, más atrasados por no contar con el gran bagaje democrático americano, apreciamos más su nobleza que su fortuna y al final nos encontramos ennoblecidos, pero arruinados.
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