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Roberto Peña Cueli, misionero, sacerdote y jesuita

6 de Septiembre del 2020 - José García Gómez (Salas)

Buenas tardes, don Roberto:

Llegamos ahora a casa, de asistir a la misa funeral por su eterno descanso, en su localidad natal, La Isla, celebrada en la preciosa iglesia parroquial, cuyos cimientos baña el mar Cantábrico.

(También anteayer, sábado 5 de septiembre, tuvimos otra en la iglesia de Salas, organizada por la Cofradía de la Virgen del Viso).

Quiso la Providencia que hasta la climatología haya acompañado para darle al acto el recogimiento e intimidad que merecía, pues la playa, “su” playa, se encontraba sin bañistas, y solamente el susurro de las olas puso música de fondo a las sentidas interpretaciones del Coro “Manín” de Lastres, también “su” coro.

Con su permiso, he encabezado esta carta, citándole a usted como misionero, sacerdote y jesuita; no es que quiera yo resaltar más una cosa que otra, en su persona las tres iban de la mano, pero desde que yo tuve la suerte y el honor de conocerle y tenerle como maestro, a la vez que amigo, que creo fue allá por 1982, en Salas, me di perfecta cuenta de cuánto ardor misionero llevaba usted en su corazón y en su mente, por ello lo pongo en primer lugar.

Hace unos meses, antes de su último ingreso hospitalario, yo le había comentado que, en nuestro siguiente encuentro, tendríamos que celebrar nada menos que sus bodas de oro sacerdotales, que se cumplen precisamente en este año, concretándome usted, creo recordar: “Sí, en diciembre”; ya veo que Allá Arriba tenían reservado banquete, y no le faltarán comensales que le quieren y valoran tanto como nosotros, empezando por el multiplicador de los panes y los peces y su Santa Madre.

Hoy, el párroco en su homilía y, después, al final de la misa, Marioli, la presidenta de Cáritas parroquial de Luarca y la representante de las parroquias de la comarca de Colunga, glosaron su persona, demostrando que sus virtudes y su ejemplo fueron, son y serán una fructífera semilla que en todos los que le tratamos ha germinado con fuerza y solidez.

Aunque nos bastaría con mirarnos en el espejo de su vida, nos quedan también sus magníficos libros, auténticos tratados de espiritualidad sencilla y cristalina, todos ellos verdaderos “GPS” para quienes quieran rodar con garantía por la senda que para cada uno Dios haya preparado.

Son muchos los dichos y máximas que usted empleaba, siempre en “modo parábola”, para que todos entendiéramos bien los mensajes, hoy quiero significar dos de ellos: 1) “Lo que guardé no lo tengo, lo que tengo lo perdí, solo tengo lo que di”, y 2) “Se puede tener conciencia social sin ser cristiano, pero lo que no se puede es ser cristiano sin tener conciencia social”.

Don Roberto, lleva usted sus mochilas repletas de gratitudes, por su generosidad, por sus enseñanzas, por su discreción, por su entrega sin límite; lo/nos ha dado todo, hasta que no ha podido más, y llegada esa etapa mantuvo su sonrisa, sin pronunciar una queja, algo que está reservado a muy pocos.

Vaya por último nuestro agradecimiento a don José Antonio González Montoto, director de la Casa Sacerdotal, por los fraternales cuidados y trato que sabemos ha tenido con usted, y tiene con todos los allí acogidos.

Voy a decirle un hasta que Dios quiera, siguiendo sus pautas, con esa vieja bendición irlandesa, abreviada, que sé que le gustaba:

“Que los caminos se abran a tu encuentro.

Que el sol brille sobre tu rostro.

Que la lluvia caiga suave sobre tus campos.

Que el viento sople siempre a tu espalda.

Y hasta que volvamos a encontrarnos…”.

Que Dios nos tenga a todos en la palma de su mano.

Un abrazo.

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