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Solo ante el peligro

13 de Septiembre del 2020 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

Mi afición por el cine se inició con las películas del "Oeste americano", a principios de los años 60 del pasado siglo. La mayoría (salvo notables excepciones), era cine de evasión, de entretenimiento, sin más pretensiones que durante 90 minutos nos sumergiéramos en una realidad distinta a la que vivíamos y dónde no nos era difícil identificarnos con los "buenos". Las pelis del Oeste surgían como churros y yo las consumía todas porque mis escasos ahorros, provenientes de mis padres, tíos, tías, familiares y pequeñas sustracciones de las cajas de los bares de mis padres (rockolas incluidas), me permitía sumergirme en esa América imaginaria.

Tardé algunos años en comprender que los indios no eran los malos y que ese vasto territorio en el que se construía la que llegaría a ser la nación más poderosa del siglo XX se hizo, en parte, a base del genocidio de los pueblos que habitaban en esas tierras antes de la llegada del hombre "blanco" y sus costumbres "civilizadas". "La conquista del Oeste" (1962) fue la gran apuesta de la industria de Hollywood para contar su versión de la mal llamada "epopeya americana". No se escatimaron recursos y se encargó el proyecto a cuatro grandes directores del momento: Henry Hathaway, John Ford, George Marshall y Richard Thorpe, quienes disfrutaron rodando en Monument Valley, Colinas Negras de Dakota y la Sierra de California. "El nacimiento de una nación" (2016), de Nate Parker, por su parte, nos aporta la cuota que los negros tuvieron que pagar para introducir el elemento racista en la pesadilla del "sueño americano" y que todavía continúa para vergüenza no solo de los estadounidenses, sino también del mundo civilizado.

Las armas, y la violencia que de ellas se desprende, estuvieron presentes en los padres de la patria que redactaron la Constitución estadounidense y, por tanto, en la construcción de los Estados Unidos de América, a través de la Segunda Enmienda o Enmienda II, por la que se protege el derecho del pueblo a poseer y portar armas. "Ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales y locales pueden infringir este derecho", reza con letras talladas en piedra en las páginas de la Constitución, al igual que las esculturas de sus presidentes en las montañas de Dakota del Sur.

Por todo ello, cuando apareció la imagen del adolescente Kyle Rittenhouse de 17 años de edad, caminando "tranquilamente" por las calles Kenosha (Wisconsi), con un rifle semiautomático sin que la Policía lo detuviera, asesinando a dos personas e hiriendo a unos cuantos, me vino a la memoria Gary Cooper en "Solo ante el peligro" (1952). Rittenhouse, al igual que millones de compatriotas suyos, no hacía más que reproducir, como "buen ciudadano" del "sueño americano", el mandato que esconde la Segunda Enmienda que refleja y les recuerda el nacimiento de su "Gran Nación". El adolescente adoraba a la Policía y defendía el uso de las armas. Defendía al policía que disparó siete tiros por la espalda a un ciudadano negro indefenso, en presencia de sus hijos; razón por la cual, acudió a la manifestación que protestaba contra la violencia policial, "para defender a los representantes de la ley, a la gente y a los negocios".

Para el adolescente de Kenosha no hay "poli malo". Todos están "solos ante el peligro", por ello hay que defender la "ley y el orden", como Trump, quien desde la Casa Blanca y en su megalómana intimidad agradecerá al muchacho, porque no ha hecho más que cumplir con su deber de buen ciudadano americano porque esto es USA. Es el "sueño americano", el sueño que nació en las verdes praderas del Oeste, a tiros. Hoy, el enfrentamiento es entre los seguidores del sheriff malo (Trump) y los seguidores del movimiento "Black lives Matter", que, de alguna manera, representan a los indios de mis primeras películas del Oeste americano y a las víctimas de ese asfixiante y patético racismo que pervive en la "América First" de Trump.

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