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El sitio de mi recreo

2 de Septiembre del 2020 - Roberto García García (Avilés)

Dice un refrán personal que "Soluciones son amores, y no buenas intenciones". En esta nueva realidad (desdeñen esa "nueva normalidad" que nos propone un poder desidioso para velar el desaguisado) nos enfrentamos a una enseñanza presencial condenada a la dispersión social. Para poder capear el temporal, minimizando riesgos, conviene organizar el preceptivo recreo, proclive a las aglomeraciones; en el caso que nos ocupa, el más complicado, el de la Enseñanza Secundaria. La jornada escolar, salvo algunas excepciones y aparcando la insufrible séptima hora, suele plasmarse en seis periodos lectivos con un recreo ordinario en el medio de 30 minutos, como más adelante se justificará. En la jerga docente se denomina "hora" a cada periodo lectivo (de 55 minutos, de los cuales cinco se destinan al movimiento de profesores y/o alumnos). Mostremos una ejemplificación relativa a un IES de línea cuatro (cuatro grupos en primero de la ESO), común en Asturias. En este escenario, contaríamos con unas 18 unidades de ESO y Bachillerato. El receso (de 25 minutos) se situaría en las horas tercera, cuarta y quinta; tendría poco sentido tomar para este fin la primera, segunda y sexta por motivos obvios. Cada una de esas horas se dividiría en dos semiperiodos de 25 minutos, uno de clase y otro de descanso. De este modo, disponemos de seis intervalos para ubicar tres grupos en cada uno. Si se divide el patio escolar o el recinto de esparcimiento en tres zonas disjuntas, se situaría un grupo en cada división para mantener la "burbuja" y minimizar la concentración de alumnos y profesores en el tiempo de solaz. Los 25 minutos "perdidos" en la parada de cada grupo se recuperarían en el recreo ordinario, comodín que podría servir de receso a grupos que no pudiesen seguir el protocolo expuesto. Téngase en cuenta que en una jornada escolar un mismo profesor solo puede dar clase a un grupo en el semiperiodo complementario al de descanso, ni aplicarse esta configuración durante la impartición del expuesto revoltijo de la optatividad. Así, quince grupos disfrutarían del recreo atípico y tres del clásico. Las paradas de cada clase cabría moverlas entre las tres horas a lo largo de la semana. Esta organización de los recreos podría adecuarse a cualquier comunidad escolar de una línea educativa diferente. Si esta sugerencia, fácil de articular, pudiera servir de ordenamiento de la nueva realidad escolar, en el papel la dejo. Queda pendiente, a criterio de los equipos directivos, la regulación de la circulación por pasillos y de la ratio "superficie del aula/número de alumnos".

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