Una oportunidad perdida para el sistema educativo
En educación, la pandemia ha dejado un rastro significativo de desaciertos. Estamos perdiendo una oportunidad preciosa para dar el salto adelante que necesitamos y superar los errores que han conducido a muchos alumnos al fracaso escolar y, a toda la nación, a una pérdida sistemática y comprensible de confianza en el sistema educativo español. Es evidente que el problema principal para la organización del nuevo curso escolar es el alto riesgo de contagio que se producirá en los centros escolares. La razón está en el número de estudiantes por aula y por centro. Y la única solución eficaz e insoslayable para evitar los contagios en la escuela es reducir drásticamente el número de estudiantes, tanto en cada aula, como en cada centro educativo. Resulta que la medida más eficaz para evitar contagios coincide con una de las demandas fundamentales para resolver el gran problema de la educación, que es el fracaso escolar. Como la reducción del número de estudiantes por aula y por centro es directamente proporcional al aumento del gasto educativo, del mismo modo que ningún gobierno ha afrontado esta solución para resolver el problema del fracaso escolar, tampoco ahora el gobierno actual la contempla para evitar los contagios.
Las medidas drásticas en una sociedad son necesarias cuando sobrevienen situaciones críticas, como ocurre actualmente. Por eso nunca se había pintado una ocasión tan ajustada para reinventarse, como dice Gabriel Albiac, y dar ese paso necesario y urgente, siempre postergado en la España de nuestro presente histórico. Es cierto que estas medidas suponen un aumento del gasto en educación, pero eso es precisamente lo que hay que hacer. Los recursos son escasos, nadie lo duda, pero en la gestión de la escasez reside el arte de la política. Necesariamente, aumentar el gasto en educación requerirá disminuir el gasto en otras partidas o, incluso, reorganizar a medio plazo la política económica del país (un país donde un futbolista de élite puede tener un sueldo mensual con el que se podría contratar anualmente a unos doscientos profesores). Tal vez sería necesario replantearse cómo regular y delimitar esas tremendas, absurdas y socialmente monstruosas desigualdades que asumimos con resignación. No haríamos justicia a todos aquellos que se enfrentaron a la pandemia, ni a nuestros muertos, víctimas del virus, y de las carencias de nuestro Estado –carencias que se hicieron evidentes, para decepción de todos y desengaño de muchos, en estos meses aciagos–, si, más allá de los aplausos y el apoyo moral, al final resumiéramos la nueva normalidad con la tenebrosa palabra, resignación.
Desgraciadamente, se están tomando medidas que, lejos de resolver el problema, pueden contribuir al deterioro irreversible del sistema educativo en España. ¿Cómo vamos a garantizar la separación exigida entre los alumnos sin reducir las ratios? ¿Desmontando instalaciones que supusieron en su momento inversiones importantes de dinero, bibliotecas, patios, gimnasios, aulas de idiomas, aulas de informática, etc.? ¿Organizando las entradas y salidas en los centros escalonadas acumulando tiempos de espera y situaciones de riesgo? ¿Contratando empresas privadas para hacer pruebas al profesorado después de largas e interminables colas masivas, con “fotos fijas” que sólo valen el tiempo en el que se toman? ¿Generando gastos en materiales de uso efímero, arquitecturas móviles, más ordenadores, nuevas conexiones, y clases semipresenciales, confinando en sus casas por dos o tres días alternativamente a la mitad de los estudiantes, mientras se nos quiere advertir, con actos de fe grandilocuentes, que no se pretende promocionar la enseñanza a distancia, que privatiza, de hecho, el medio digital a través del cual se está llevando a cabo el proceso de enseñanza? ¿Eliminando optativas para garantizar los llamados “grupos burbuja” porque suponen el trasiego de alumnos por diversos grupos, cuando precisamente las optativas suelen tener ratios reducidas, justo lo que se necesita para bajar el riesgo de contagios y mejorar, de paso, la calidad de la enseñanza?
Nadie, ni siquiera la actual Ministra de Educación, parece haber pensado en aprovechar la circunstancia y dar el gran impulso que se necesita en este momento para mejorar la calidad educativa de manera ostensible y reinventarnos como sociedad. La reducción decidida del número de alumnos por aula minimizará el riesgo de contagio y, de paso, mejorará la calidad de la atención personalizada de los profesores a los alumnos, la dedicación, el seguimiento del trabajo, el aumento del rendimiento académico, y la reducción, en definitiva, del fracaso escolar. Aumentar el gasto en el sistema educativo es invertir en el futuro de la nación.
Ahora bien, la ratio se puede dividir por la mitad en todos los centros de dos maneras diferentes: una cara, y otra barata. La cara es, simple y sencillamente, desdoblar todo el centro en dos mitades, y hacer dos turnos, uno por la mañana y otro por la tarde. Eso supondría multiplicar el número de profesores, y sin duda sería la mayor garantía de mejora en la calidad educativa. Los centros conservarían todos los espacios, todas sus infraestructuras, sus aulas, sus recursos y sus materiales, sus horarios, sus asignaturas, sus optativas. De todo se haría un más óptimo aprovechamiento, los horarios y la organización escolar podría ser como la de siempre, pero con la mitad de alumnos, más las medidas de higiene y prevención propias de cualquier institución en estas circunstancias. De este modo, no serían necesarios ninguno de los señuelos que nos están vendiendo a diario por la prensa. La opción barata, que podría servir para salir del paso y facilitar la transición a la primera solución, que es la más correcta, sería hacer los dos turnos en la mañana reduciendo el tiempo de clase a media hora. La reducción del tiempo de permanencia en el centro disminuye el riesgo de contagio, pero al haber la mitad de alumnos por aula mejoraría en todo caso la atención personalizada y el seguimiento. De este modo, los estudiantes asistirían a clase todos los días. Pero, si de verdad se defiende la idea de que la enseñanza debe ser presencial, lo mejor es optar por el desdoblamiento de los centros en dos turnos, mañana y tarde.
Puede ocurrir que muchos centros rurales tengan ratios adecuadas o fácilmente ajustables con un aumento de plantilla. También hay instalaciones educativas inutilizadas que podrían recuperarse para generar nuevos centros covid, con ratios reducidas al mínimo, y edificios públicos renovados, con buenas instalaciones, pero infrautilizados, que se podrían aprovechar. En todo caso, no tiene sentido que la gran mayoría de los centros permanezcan sólo abiertos al público en el turno de mañana. Todavía estamos a tiempo de empezar a construir una nueva normalidad que ilusione a la sociedad y saque lo mejor de nosotros, dando prioridad a lo verdaderamente importante: la formación de jóvenes profesionales capaces de construir un frente común ante las sofisticadas adversidades que nos amenazan, y garanticen nuestro futuro, aunque haya que bajarle el sueldo a Messi.
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