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El hombre no es más que un junco

8 de Septiembre del 2020 - Pablo Huerga Melcón (Gijón)

(Sobre el libro de Irene Vallejo "El infinito en un junco")

Empezaba el nuevo año cuando un día mis amigos de Asturcéfiro, la asociación asturiana de profesores de Griego y Latín, me hablaron de un nuevo ensayo sobre la historia de los libros. De hecho, ya estaba en casa. Lo localicé entre la montaña de libros que inunda nuestra mesa de escritorio. Irene Vallejo, "El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo". Publicado en septiembre de 2019 por la editorial Siruela. Al leer el título me acordé de aquella fuente que visitamos hace un par de años en la isla Ortigia de Siracusa, en Sicilia: la fuente Aretusa. Sicilia es el único lugar de Europa donde crece el papiro. Allí fundó Corrado Basile un minucioso Museo del Papiro digno de ver. Recordé también la célebre frase de Pascal: "El hombre no es más que un junco. Lo más débil e indefenso de la naturaleza, pero es un junco que piensa".

Entre los múltiples y siempre elogiosos comentarios que se han escrito sobre esta obra se repite la indicación del momento en el que cada cual ha iniciado su lectura, señal de que el libro delimita con contundencia un antes y un después. La mía comenzó cuando la pandemia era todavía un lejano susurro oriental, hasta que el confinamiento hizo que la voz de Irene Vallejo se impusiera como un bálsamo sobre los nuevos y extraños silencios y temores, mientras a nuestro alrededor arreciaba el viento de la historia.

Irene Vallejo (nuestra "Scheherezade moderna en tiempos de pandemia", en palabras de Inés Martín Rodrigo) estudia con maestría la historia de los libros en el mundo antiguo, las bibliotecas, las librerías, el origen de la escuela y la educación, la arriesgada profesión de los libreros, de los escritores y de los maestros (sobre todo si su destino es convertirse en mártires cristianos); la historia de la escritura, porque los distintos modos del libro, las piedras, la arcilla, la madera, el papiro, el pergamino, el códice -"el libro de páginas", el papel, o los actuales "libros de luz", no son sino los distintos soportes que han permitido albergar y fijar las escrituras que encierran y objetivan las palabras, la vida humana. "Sin los libros -dice-, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido". Y, mientras lo leo, se atisba el abismo infinito que sugiere la pretensión de hacer un libro de todos los libros.

Cada día, también durante la pandemia, compartía con mis alumnos las novedades de su lectura. El nacimiento de la biblioteca de Alejandría, el milagro de la conservación de las obras, el papel de la escritura alfabética en el origen de la escuela, los avatares del cadáver de Alejandro Magno, las anécdotas de Séneca, la vuelta a casa del poeta Marcial, las bibliotecarias de Kentucky, o por qué en algún momento la lectura pudo ser considerada un acto de sodomía. Me sorprendía y me alegraba coincidir con sus ideas, compartir mucho de lo que allí contaba, pero me entusiasmaban sus novedades, sus hallazgos, sus maravillosas analogías, el tono íntimo, personal, próximo; compartir y aprender tanto. Y, sobre todo, me impresionaba lo bien escrito que está, la firmeza de sus conocimientos, la seguridad de los datos y las conclusiones contundentes, cerradas con hilo de seda.

Con 18 ediciones en menos de un año, este ensayo ha alcanzado un fulgurante y merecido éxito. Se multiplican las reseñas, las entrevistas y las referencias en todos los medios. Lectores en más de veinte idiomas prestarán voz a sus ideas. ¡El libro del año! ¡El libro más vendido durante el confinamiento! ¡Premio Ojo Crítico de Narrativa! ¡Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción! En definitiva, un ensayo redondo, una obra maestra de la literatura española que merece toda nuestra admiración y agradecimiento, porque entre las múltiples cosas que Irene Vallejo nos ha enseñado no es menor la gran lección de estilo que nos ha dado a todos los que nos empeñamos en el difícil arte del ensayo, siempre más preocupados por "el esqueleto de los datos" que por "el músculo y la sangre de la imaginación". Irene Vallejo demuestra que cuando se escribe bien, las ideas son más accesibles y penetrantes, arraigan más profundamente en la memoria y actúan con más eficacia en la conciencia y en el orden de las cosas.

Hemos aprendido de los griegos que si hay algo que puede medir la riqueza de una época, de un pueblo, de una lengua, son las obras que nacen en su seno. El infinito en un junco es una de ellas. Su rotunda presencia difuminará con el tiempo nuestras miserias cotidianas y las hará menos relevantes, casi inexistentes. Con su libro, Irene Vallejo ha dignificado la época que vivimos, el presente compartido, y la ha salvado, otra vez, de vivir ajena a su propia historia. Por eso le doy las gracias.

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