La caza del Rey

13 de Septiembre del 2020 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

Como es sabido, salvo por quienes odian a las monarquías hasta en los cuentos infantiles –máxime si son protagonizados por animalitos con el sello Disney– y, además, no ven otro cine que las franquicias de la memoria democrática, “El Rey León”, con ligeros ajustes en el casting, da mucho juego de tronos analógico-digital.

Recordemos que, en su punto de inflexión, la historia cuenta cómo las canallescas hienas, al servicio del malvado y resentido Scar, provocan una estampida de asustadizos ñus para acabar con el pequeño Simba, heredero de la corona de la sabana. En el caos, y al tratar de defender a su hijo, muere el rey Mufasa a pezuñas de los atolondrados bóvidos desde las felinas garras del traidor Scar, su hermano, que ambiciona un puesto en el que ha sido preterido por el nacimiento del cachorro. Ante el cadáver de su padre, el desolado leoncito es acusado por el propio asesino de haber sido el responsable directo de la muerte del monarca. Falsariamente convencido de su culpabilidad, el angustiado Simba sigue el ladino consejo de Mufasa y huye, arrojando implícitamente sobre su conciencia, y sobre su imagen ante sus propios súbditos, la mancha del crimen.

Al parecer, nuestro, torpe, infeliz, acosado y desasistido Rey emérito fue desinteresada y exitosamente inducido a poner tierra de por medio, y así ahora se puede hablar cínica e instrumentalmente de la “Huida de Juan Carlos”.

Ante un público incondicional, otro éxito de taquilla estabulada.

Otro de tantos éxitos asegurados.

No ha sido el primero de nuestra miserable Historia, ni será el último.

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