Hoteles, nada más
Parece que en España da pánico mencionar al sector turístico en términos de revisionismo, igualito que ocurre, por ejemplo, con la Constitución. Es el misoneísmo que nos caracteriza, creo yo. Pero los últimos acontecimientos han destapado algunos costurones que conviene revisar. Lo siento.
Como uno viaja, ha metabolizado algunos aspectos que discuten la letanía que lleva escuchando desde el principio de los tiempos: que aquí somos algo así como el Usain Bolt del turismo universal. Algo muy, muy alejado de la tozuda realidad.
Vayamos a las cifras, algún contrastado observatorio estima en 3,5 millones de camas la capacidad de España, contra 5,1 millones de Francia o 4,1 de Italia y muy a la par con Alemania, que tiene 3,3 millones. Pero hay más, si algo caracteriza al sector español es una inmisericorde estacionalización con saturación veraniega y un largo y seco desierto de ocho o nueve meses solventados en el caso de los pequeños con hibernaciones y en los grandes con ayudas estatales a quienes tanto reniegan de lo público vía Imserso, por ejemplo. Describo a grandes rasgos, claro.
Ligar el hormigón al turismo ha sido otro aspecto singular de esta piel de toro, con esa mentalidad del mete uno y saca diez antes de que se despierten y echa a correr. Otro doloroso aspecto es la cimentación del sostenimiento empresarial a base de una mano de obra muy mal pagada y con condiciones laborales infumables.
Durante sesenta años el sector ha crecido hasta convertirse en una muleta esencial para la balanza de pagos, en eso también nos distinguimos para mal con cualquier nación del entorno, Alemania, por ejemplo, no solo nos da varias vueltas en cualquier aspecto turístico [sí, duele leerlo pero así es], sino que además tiene otros sectores sólidos y formidables con los que puede amortiguar los golpes. Aquí no, y sin embargo esos sesenta años de vacas engordando no han dado para que la imaginación se desarrolle y anime a crecer al sector de un modo más diverso. Dirigentes y gerifaltes de toda laya han pasado por los altos cargos del sector turístico a todos los niveles y han hecho poco más que fotografiarse con los de las estrellas nosequé y algún campo de golf, a lo fácil y rimbombante, considerado el sector desde las más altas instituciones una suerte de "maría" que se puede aprobar a final de curso si le pones caritas al profe. Así nos va.
Sesenta añazos y nada. Cemento en primera línea de playa y de parte de la cúpula cero imaginación, nada de salir afuera a ver si se aprende algo, nada de adaptarse a los cambios de era, encomendados apenas a que el sol brille fuerte en verano y en la cuenca mediterránea siga habiendo conflictos que laminen a la competencia.
Las instituciones han fracasado estrepitosamente en todos estos años, lo sostengo, esto ha crecido como una planta grande y boba, expuesta a que cualquier contingencia la quiebre sin más. Aporto apenas un ejemplo, pero hay muchos más: el cicloturismo en Europa mueve miles de millones de euros por temporada, viajen a Las Landas o al Danubio y comprueben lo que es un río de oro que corre a dos ruedas. Suiza, por ejemplo, multiplicó un gasto inicial de apenas 10 millones de euros por doscientos cuarenta en apenas cuatro años. Excuso mencionar a otras naciones con cifras igualmente asombrosas. Somos vecinos de unas naciones con decenas de millones de aficionados a este modelo vacacional que, sencillamente, no vienen a España por ausencia de unas estructuras que requieren una baja inversión y sí bastante voluntad y cultura.
Aviso para ignorantes, si alguno está tentado de insinuar que el cicloturismo o cualquier otro turismo alternativo es cosa de chusma pobre, solo puedo asegurarle que le falta mucho mundo. Como en todo, hay gente de diversos niveles adquisitivos, y, en cualquier caso, no deja de ser una alternativa económica de primer orden propiciada por una gente más sana que los amantes del "balconing" y las borracheras estruendosas.
Hay mucho más que decir y discutir, pero de nada va a servir lamer heridas y levantar inútilmente las manos al cielo culpando a la fatalidad de ciertos acontecimientos; de seguir así, a quienes creemos en que otro modelo es posible apenas nos queda aludir a don Juan Tenorio: "Clamé al cielo, y no me oyó. / Mas, si sus puertas me cierra, / de mis pasos en la Tierra / responda el cielo, no yo".
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