La otra epidemia

13 de Septiembre del 2020 - Javier Bernardo Delgado (Oviedo)

Ojo, utilizo la palabra epidemia con intención, no sé si en el resto de los continentes del mundo, porque no vivo ahí, tienen los mismos problemas que en nuestra pequeña península. Pero mucha gente estará de acuerdo conmigo en que cuando sales a la calle, lees los periódicos, acudes al trabajo, si tienes la suerte de tenerlo (nunca pensé que trabajar pudiera ser una suerte), o consultas los tediosos grupos de Whatsapp, redes sociales, etcétera, puedes comprobar que hay una auténtica epidemia además de la pandemia que ya estamos sufriendo. Vamos a poner ejemplos.

Llega un bicho con nombre de película de ciencia ficción, como un tsumani, y lo primero que hacemos es organizar manifestaciones y concentraciones colectivas para recibirle con todos los honores. Oye, todo el mundo, hasta los bichos, tienen derecho a una fiesta de bienvenida. Un inciso, me pregunto por qué los científicos eminentes no le pusieron un nombre chino al bicho, como el telele chino, la gripe china o algo así, si a nosotros hace más de un siglo nos pusieron de apellido a un virus con menos motivo, no entiendo por qué los chinos deben tener un privilegio. Es que en el fondo les tenemos un poco de miedo, claro, es una cultura milenaria y hay que respetarla.

En fin, de repente todos caemos del guindo (debe de ser que los efectos del alcohol navideño no se habían pasado) y nos asustamos como si estuviéramos ante una plaga de zombis. Nuestros dirigentes "se ponen el uniforme militar", se declara el estado de emergencia, se lanzan eslóganes de resistencia, aplausos colectivos, que si no sales a la ventana te miran mal, caceroladas no sé contra qué y mientras tanto mucha gente empieza a morir en el anonimato y a perder el precario trabajo con el que malvivía.

En la prensa, en los boletines oficiales, lees prohibiciones solemnes de fumar en público, la obligación de circular de una determinada manera, de no echarse encima de la gente en las colas, de guardar la distancia social, de no ser unos sobones (ahora entiendo por qué nos critican los nórdicos), etc, etc, etc. Interminables regulaciones administrativas que, como buenos latinos que somos, nos encargamos de evitar de la mejor forma posible. Eso sí, para que no se note mucho y disimular, aplaudimos a nuestros abnegados sanitarios, que mientras tanto aguantan lo mejor que pueden el chaparrón, me recuerdan a los técnicos y operarios que tuvieron que resolver la "patata caliente" de Chernobil, sin medios y sin saber a qué se enfrentaban y poniendo cara de póquer para que no nos asustáramos.

La guerra sigue y como en todas las guerras las víctimas siempre son los más débiles, los que sobran o son incómodos. Especialmente nuestros ancianos se mueren de mala manera en las residencias y a todo el mundo le da igual (por mucho que se diga con la boca pequeña), como decía el poeta, mientras no me toque a mí. También como decía mi suegro, no se puede llegar a viejo.

Después de una épica batalla contra este ciclópeo enemigo invisible, dando manotazos en el aire, como si se luchara contra mosquitos, quitándose y poniéndose la mascarilla, recuperando o adquiriendo unos hábitos higiénicos que hay que ver parece que nunca nos bañábamos, la tempestad empieza a amainar. Nuestros generales en guerra, con su parte diario de víctimas, salen a anunciar la victoria sobre el enemigo. Todos lo celebramos, primero con timidez y luego, como no podía ser de otra forma, fiesta, fiesta, juerga, borracheras, botellones... Hay que celebrar no sé muy bien qué. Es que lo llevamos en nuestros genes.

Empieza la "nueva normalidad", el palabro ese que no lo entiende ni su padre, fase una, fase dos, fase tres. Primero cada uno coge la mascarilla si le apetece y el que la lleva es un exagerado. Después a las autoridades se les enciende la bombilla de sus excelsas cabezas y se dan cuenta de que hay que protegerse. Yo diría que la mascarilla es buena hasta para la contaminación y si tienes alergia ya no te da vergüenza ponerla.

Empezamos a trabajar presencialmente aguantando las mascarillas estoicamente mientras los clientes y nuestros superiores nos miran con desconfianza después de un largo periodo de teletrabajo, es que eso de estar en casa todos los días... Después de sortear el día a día y los riesgos del "trabajo presencial" de la mejor forma posible, con mucha voluntad ante las inexistentes medidas de seguridad sanitaria y la falta de control, llegan las vacaciones.

Como no podía ser de otra forma, por mucho que digan, todo el mundo se va por ahí como si no hubiera un mañana, claro, hay que aprovechar las ofertas.

Los que tenemos hijos, somos unos exagerados o a los que la economía no lo permite nos mantenemos "semiconfinados", como se suele decir aguantando el chaparrón lo menor posible.

Y de repente el verano se acaba, como dice la canción, y el bicho contraataca. Este bicho es más listo de lo que piensan y sabe de estrategia militar, aprovecha que el enemigo está confiado después de la falsa victoria y, "zas", ataca con todas sus fuerzas; vamos, que ni Aníbal en la Segunda Guerra Púnica. Es que hay que leer más, como decía Cicerón: Historia... magistra vitae... Para qué añadir más.

En medio del contraataque y con los muros sin guarecer viene la vuelta al cole. Los padres, desconcertados y con miedo; el ministerio fiscal, amenazando en los medios de comunicación con penas de cárcel a los osados padres que se atrevan a proteger la salud de sus hijos y a desafiarles. No obstante, en honor a su profesionalidad, hay que decir que su apretada agenda les permite estudiar la problemática de la paridad de género en las señales de tráfico, ojo habrá que llamarlas señalas de tráfica para no ofender a nadie.

También las mentes preclaras de la Administración autonómica alumbran una criatura mística denominada "aulas mixtas", que vaya usted a saber qué significa, para que aterrices el nuevo curso como puedas, pobres profesores. Y, claro, como hay que defender la igualdad en la enseñanza a toda costa, para dar un buen ejemplo, se autoriza a los centros privados (que no concertados) para que empiecen el curso escolar cuando les dé la gana. Total, como dicen algunos políticos de todo signo, si tienes dinero para pagártelo eso no afecta a la igualdad, cada uno que haga con su dinero lo que quiera.

Llega el momento de los fastos oficiales y nuestros dirigentes políticos hacen homenajes a los "supervivientes del covid", ensalzando su bravura, heroísmo y capacidad de lucha. Cuando se trata de un discurso político los rapsodas como Homero se quedan cortos (personalmente, para escenificar estos tiempos prefiero el lenguaje alambicado y críptico de Joyce) a la hora de ensalzar la gloria de los supervivientes y de elevar su propia capacidad de resiliencia, francamente estoy orgulloso de ellos, me ayudan a superar estos difíciles momentos. Para amenizar estos duros momentos no podían faltar las gaitas y el anuncio de multitudinarias celebraciones navideñas, nos vamos a poner ciegos de turrón cuando llegue el momento.

Como no podía ser de otra forma y para dar ejemplo, nuestra clase política se ensarta en una lucha de tirios y troyanos para demostrar lo "gallitos/gallitas del corral // pitus/as de caleyu/a" que son (perdón por mi pobre bable, prometo mejorar). Antes eran los juicios políticos del nazismo y del estalinismo, ahora no hace falta fusilar a nadie, le pones una denuncia, le haces un juicio mediático y después la verdad a quién le importa. No sé yo la democracia, viendo lo que está pasando por ahí, me parece que se están copiando ideas.

Y mientras tanto el bicho sigue ahí bailando la jota, la mazurca, el chilingüelu... delante de nuestras narices, al que le toca le tocó y mejor que no se entere nadie porque si no te señalan y hacen un escrache delante de tu casa.

Por último, el "no es no" da lugar a su mejor evolución, "el negacionismo", oye, con manifestación y todo, que no se diga, que también tiene derecho a su recibimiento de bienvenida.

Después de todo esto cuando lees por ahí que un matamosquitos a lo mejor es la solución a la pandemia, te dan ganas de llorar de la emoción y te preguntas por qué no te diste cuenta antes si ya lo tenías en casa.

Francamente, si esto no es una epidemia que venga Dios y lo vea, el nombre se lo puede poner cada uno. Al final entiendo a nuestros pequeños cuando se refugian en la tecnología de tanta estupidez de los adultos que les rodea.

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