Miedo
A don Antón Corostola le agradezco el tacto con que ha comentado mi carta, pues aportando sus argumentos anima al diálogo y no despreciando los míos evita la confrontación. Soy el primero en reconocer que a veces es peor el remedio que la enfermedad y que de haber víctimas, mejor una que dos, pues una cosa es ser un héroe y otra un inconsciente. Escribí la carta centrándome en la impotencia que siente quien cruza de acera, el niño en el patio o el que calla, nunca juzgando su comportamiento y menos su calidad humana, consciente siempre de la voluntad de la buena gente para ayudar y de que a nadie disgusta ser un héroe, pero también de que estos suelen ser conocedores de sus posibilidades y limitaciones y que, junto a la medalla, los diferencia de los inconscientes. No trataba de alentar a la defensa ciega de causas imposibles que suelen acabar en causas trágicas multiplicadas por dos o por tres, solo de exponer la soledad de la víctima ante la dura realidad que representa el no poder hacer frente a una navaja en manos de un desquiciado que igual se llevará por delante a uno que a dos; aunque tampoco la inviabilidad de poder ayudar a una víctima consigue ocultar el malestar de no haberlo podido evitar, el remordimiento, que no analiza las situaciones, solo las trae una y otra vez al recuerdo. A veces no es fácil transmitir con precisión lo que uno piensa en pocas líneas, pero, en este caso, su carta acaba por completar la mía. Un saludo sincero, don Antón.
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