A vueltas con la eutanasia
La maldita pandemia lo tapa todo, o casi todo. No tenemos tiempo de digerir o sacar a la luz lo que ocurre entre bastidores. Las humillantes y hasta macabras historias personales que se están dando en el mundo probablemente no saldrán a la luz o solo ocurrirá con unas pocas cuando esta pesadilla acabe. Pero están allí, para vergüenza de la especie humana y sobre todo para los dirigentes políticos.
El ciudadano francés Alain Cocq, después de 34 años con"viviendo" (permítaseme el neologismo) con una maldición, fruto del azar, ha decidido poner fin a su vida. No quiere hacerlo de forma clandestina, vergonzante, solitaria. Quiere hacerlo, primero, en compañía de los suyos, como un acto de amor a la vida, y segundo, como una contribución más en la lucha que muchos mantenemos por la legalización de la eutanasia en el mundo. En su caso, para denunciar lo que ocurre en su país. En el país que ha contribuido, a lo largo de su historia, como pocos a la defensa de los Derechos Humanos, pero que incomprensiblemente se niega a reconocer el último que le queda a un ciudadano francés en su paso por la vida: la eutanasia.
Alain Cocq padece una enfermedad rara e incurable de carácter degenerativo y muy dolorosa desde hace 34 años, es decir, desde los 23. Desde muy joven siente cómo las paredes de sus arterias se pegan, provocándole isquemia (disminución de la circulación, que le provoca insuficiencia de irrigación en tejidos y órganos) y dolores insoportables. Nadie se explica cómo ha podido (y todavía puede) soportar tanto dolor desde que los barbitúricos dejaron de calmarlo, porque hace tiempo ya que perdieron su efectividad contra el dolor. De creencias firmes católicas, no desea una sedación, reclama una fuerte dosis de barbitúricos que termine con los dolores insoportables, aunque la consecuencia pueda ser la muerte. Aclara que no pide el suicidio asistido sino poner fin al dolor. Quiere una muerte digna y Macron se lo niega: "No puedo ayudarlo, le transmito mi apoyo personal y mi profundo respeto. Dado que no estoy por encima de la ley, no puedo acceder a su petición". Es decir, hablando en plata, "que se joda".
El 5 de septiembre, mientras yo celebraba mi 71 cumpleaños, Cocq, ante la negativa de Macron, iniciaba el final de su camino, negándose a ingerir ningún tipo de alimento ni medicamento. Quería hacerlo a través de Facebook para contribuir con su acto a la lucha por la legalización de una muerte digna. Él y los suyos habían planificado la emisión en la red social, despojándola de cualquier connotación de morbo, pero los dirigentes Facebook se lo han impedido, censurando su emisión, alegando que sus "normas prohíben toda representación de intentos de suicidios". La misma red social que propaga bulos y noticias falsas de los que odian la vida de los menos favorecidos, de los inmigrantes, de los que nada tienen.
Mientras tanto, el estado de salud de Alain Cocq empeoraba y los dolores insoportables le hicieron dar marcha atrás en su decisión. Fue trasladado al hospital de Dijon para ser rehidratado, realimentado y medicalizado. "Sufría mucho, era demasiado duro, sigo deseando partir, pero en un proceso sin sufrimiento". Para el primer ministro francés, un problema menos.
Mientras tanto, en el Congreso de los Diputados de España se aprobaba la tramitación de la proposición de ley de Eutanasia propuesta por el PSOE y aprobada el pasado mes de febrero, antes del confinamiento por la pandemia, por una amplia mayoría de diputados/as, 201 votos a favor y 140 en contra (PP/Vox). La misma consagra la eutanasia como un derecho al que podrá acogerse quien "padezca una enfermedad grave e incurable o invalidante que cause un sufrimiento insoportable". La ley introduce una serie de garantías y procedimientos administrativos que pueden alargar innecesariamente la toma de decisión y el sufrimiento de los afectados, e introduce también la sacrosanta objeción de conciencia para los profesionales, como ya ocurriera con las leyes del aborto. Esperemos que esto mejore durante la tramitación parlamentaria.
No es la ley que muchos esperamos. No es la ley de quienes consideran que en su concepción de la vida, su calidad de vida tiene unos límites, que su "dignidad" como persona es distinta de la "dignidad" de aquel que está aferrado a la vida a través de una máquina. Del que tiene el derecho a exigir a las administraciones, a los gobiernos, que le amparen legislativamente su legítima opción a poner fin a lo que para él y solo para él ya no es vida.
Mientras Cocq recorría su frustrado camino hacia el final de sus días en soledad, porque el gobierno francés prohíbe la eutanasia, en medio de una pandemia que dejará al mundo irreconocible, en el museo de Orsay (París) se prohibía a una mujer entrar en el mismo porque llevaba escote (¡!) y en la isla griega de Lesbos el fuego devasta el mayor campo de refugiados de Europa, con 13.000 refugiados que desde hace cinco años huyen del horror de las guerras de sus países (4.000 niños, de los cuales 400 no tienen familiares, vagan solos).
¿Es la decadencia de los valores europeos?
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