Moria
En el año 2015, la foto de un niño ahogado en el mar, cuyo cadáver yacía en la playa de Kos (Grecia). En una de las playas de la Europa rica, conmocionó y sacudió la conciencia del mundo entero. Era el cadáver de Elyan. Sus padres huían del horror, de la persecución y represión de su país, Siria, junto a otras víctimas. Casi todos los gobiernos de Europa y la propia UE “lloraron” el desastre humanitario representado por ese indefenso y frágil niño. Prometieron buscar vías de acuerdo para paliar el desastre de la inmigración. Lágrimas de cocodrilo. Nada se ha avanzado hasta ahora. La retórica nos anestesia. Una vez más volvemos a escuchar las mismas palabras, los mismos golpes de pecho, las mismas proclamas vacías: “Es del interés de todos hallar un enfoque europeo que sea efectivo y humano. Espero que los estados se sienten seriamente con la nueva propuesta para un pacto migratorio y negocien un nuevo enfoque europeo”, dice la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen... Déjà vu.
Moria era el campamento de refugiados más grande que existía en Europa. Llamamos campamento de refugiados, sin que se nos caiga la cara de vergüenza, a un estercolero sin luz, ni agua suficiente, ni sanitarios que mínimamente dignifique a los refugiados y a nuestras conciencias. Malvivían hacinados, desde hace años. Algunos llevaban cinco años en esas condiciones y sin respuesta de las autoridades ante sus solicitudes de asilo.
Moria se proyectó, en su día, para acoger a 2.000 demandantes de asilo y ha llegado a albergar a más de 13.000. Hasta que un incendio (que nadie sabe si provocado o no) arrasó hace unos días con los plásticos, trozos de madera, harapos, “tiendas de campaña” y el mal olor con el que convivían unos ciudadanos que creyeron en el sueño europeo.
El nuevo “campamento” en la playa de Kara Tepe sustituirá al de Moria. Muchos se niegan a ser reubicados: “Encerrados en Lesbos ya nos están matando lentamente”, pero no les queda otra. Carecen de la fuerza suficiente para reivindicar, exigir, luchar por el cumplimiento de los acuerdos internacionales sobre el derecho al asilo y refugio que, en su día, la propia UE propuso al resto del mundo, pero que hoy es papel mojado.
Europa no avanza. Europa retrocede desde la nefasta ampliación que en su día se hizo (2004) con los países procedentes de la Europa del Este. No estaban preparados, en términos democráticos, para compartir el espacio común de libertades y respeto a los derechos humanos y así nos va. El grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Rumanía) forman el frente amplio antiinmigración, mientras son beneficiarios netos de los Fondos Estructurales y Fondos de Cohesión europeos. Dinero sin el cual jamás habrían podido lograr el nivel de vida del cual hoy disfrutan y dejado atrás la pesadilla como países satélites de la antigua Unión Soviética. Se apostó por llegar a los 500 millones de ciudadanos que compartieran el espacio común creado en 1993, en detrimento de la calidad democrática, sin haber consolidado todavía el proyecto con los mimbres de los 18 y a punto se estuvo de integrar a Turquía, hasta que Erdogan “enseñó la patita” y se dio marcha atrás.
La última propuesta del Consejo de Europa para atraerse al grupo de Visegrado al consenso imposible es una burla a la inteligencia y una “chufla” en toda regla a los principios que rigen las leyes de asilo y los Derechos Humanos. Poner el acento en una supuesta “solidaridad flexible” para que cada país haga de su “capa un sayo” no sólo es desvirtuar el sentido de los acuerdos en Europa, sino prostituir la palabra solidaridad, como muy acertadamente ha señalado la periodista María Antonia Sánchez-Vallejo: “La propuesta refleja cómo se ha dejado pudrir de arriba abajo, de los despachos y los titulares alarmistas a los patios de vecindad, y en cuyas ondas de hastío e impotencia reverbera la oportunidad del populismo de la extrema derecha”.
Urge coger el toro por los cuernos. Urge abrir el debate definitivo sobre política migratoria común. Urge acabar con la unanimidad de los 27 para avanzar. Se necesitan mayorías cualificadas, no unanimidades imposibles y, por supuesto, mejores mecanismos para obligar a los países reticentes en políticas sociales a asumir y aplicar las normas comunes que se dicten desde el Consejo en materia migratoria.
No es un problema de dinero. La Unión Europea tiene recursos suficientes para acabar con esta vergüenza. Es un problema de voluntad política y de dejar de hacer seguidismo a los cantos de sirena de los populismos de extrema derecha.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

