Querido Quino

2 de Octubre del 2020 - Luis Fumanal (Oviedo)

Querido Quino:

Ayer acudí al teatro Filarmónica con la intención de, si era posible acercarme a ti, pedirte que me firmaras un chiste maravilloso sobre el vino en el más allá y contarte cómo tu humor me ayudó en un momento complicado.

En seguida me di cuenta de que esto no era posible, así que me relajé y disfrute del evento como un enano.

Sin embargo, me quedé con las ganas de contarte mi experiencia, así que, si tengo suerte, esta carta llegará a tus manos.

Lo primero que tengo que decir es que yo creo en el poder terapéutico de Quino, creo que, en todos los botiquines, de primeros auxilios, de urgencias, automóviles, casas y hospitales, así como antes había quinina, debería haber un par de libros de Quino. Uno llega deprimido, se lee un par de chistes (ojo con la dosis, que es adictivo y puede uno olvidarse de lo que estaba haciendo y provocar un accidente) e inmediatamente se siente mejor, esto es Quinoterapia aplicada.

Y llegué a ello por experiencia personal.

Yo de joven tiraba de mochila y con otros tres amigos nos perdíamos en el monte.

En una ocasión después de un día especialmente duro empecé a tener un fuerte dolor abdominal; después de un día entero de dolor, mis amigos y yo diagnosticamos (inconsciencia juvenil) que lo que yo padecía era una fuerte indigestión. Como el dolor no me abandonaba, abandoné yo a mis amigos y me volví a casa. Mis padres no se conformaron con nuestro aventurado diagnóstico y me llevaron al hospital de urgencias. Esa misma tarde me operaron de una apendicitis derivada en peritonitis aguda.

Cuando me desperté, agotado y con una sed abrasadora, solo pedí dos cosas: un vaso de zumo de naranja, que visualizaba frío, con una capa de sudor y una gota recorriendo el vaso de arriba abajo; y el número 2 de los Mafalda, que por aquella época la editorial Lumen había empezado a publicar.

El zumo me fue negado de forma radical hasta tres días más tarde. Pero mi padre me trajo inmediatamente cuantos Mafaldas encontró, feliz de verme sonreír.

Y así, con el suave ejercicio gimnástico de la risa contenida sobre los puntos de sutura, me fui recuperando, seguro, más rápido de lo habitual. Así pues, Quino, afable y cercano doctor sin pedestal, muchas, muchas gracias y un abrazo fuerte y sentido.

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