Érase una vez

3 de Octubre del 2020 - José Enrique Centén Martín (San Fernando (Madrid))

En un país lejano donde el dueño se vanagloriaba de su posesión, pero cometiendo innumerables errores, y nadie se atrevía de avisarle de esas maldades, un día tuvo un accidente en una de sus escapadas, pero nadie sabía el motivo, dado que él no las daba, pero fue tal el accidente y su actitud soberbia por engañar a todos que se exculpó con una memorable frase: “Lo siento, no volverá a ocurrir”, pero se empezaron a conocer los errores, que fueron cuantiosos y no pocos. Se retiró dejando el castillo a un familiar, este se vio inmerso directamente en las tropelías del anterior dueño y la de algunos de sus familiares, pero sigue con cara de palo como si no fuese con él. Al cabo del tiempo, viendo que las cosas se le escapaban de la mano, llamó al jefe de su corte judicial para decirle que por sus múltiples quehaceres no había podido ir a ver los asuntos de la Justicia, pero que le hubiera gustado ir para recordarle el arreglo de algunas cosillas que venían de antes.

Y explicó aquello que le preocupaba con un cuento muy bonito que empezaba así:

En el país de Corrupt-más el dueño del castillo, de incógnito para no asustar a sus súbditos, se fue a un país lejano donde existían dragones con colmillos gigantescos que amenazaban a la población, en su pelea con los monstruos tuvo un accidente grave y regresó a Corrupt-más en una carroza especial con el médico y la guardia personal que fue con él por si los necesitaba, una vez aquí fue operado con urgencia en su hospital, pero toda su corte estaba enfadada por irse sin avisar, en el salón del propio hospital dijo que no lo volvería a hacer más, la corte quedó conforme porque decían que cuando viajaba fuera de Corrupt-más lo hacía con la intención de conocer a nobles de otros países para que le rindieran pleitesía y llegaran después estos nobles a Corrupt-más con arcas repletas de oro y piedras preciosas para comprar nuestros productos.

Al cabo del tiempo, de nuevo el dueño del castillo toma su carroza privada, esta vez lo sabe su corte, le acompaña en esta ocasión, aparte del médico particular y la guardia personal, una nobleza de Corrupt-más con la intención de traer ellos mismos los encargos de productos que se venden en el país, animándoles el dueño del castillo a hacerlo porque es bueno para todos, pero una vez más su falta de contacto con la realidad le traicionó, soltando al subir los escalones de su carroza: “Otro en mi lugar estaría de baja, pero yo tengo que currar”, la corte aplaudió, los nobles sonrieron, los bandos pregonaron por todos los rincones de Corrupt-más su viaje y su ocurrencia, sus súbditos quedaron cabizbajos, no porque se fuera, sino porque ellos, si tienen un accidente, no tienen médicos particulares, ni carrozas especiales, van como pueden al curandero para que les haga una cura rápida al tener que trabajar; si faltan nueve días les echan del tajo, la medicina se la tienen que pagar de su bolsillo, una operación como la del dueño del castillo cuesta mucho dinero y meses de espera, su familia no tiene trabajo y debe mantenerlos, al contrario que los hijos del dueño del castillo, ellos están en tiendas de algunos de esos nobles que van con él, nobles que dicen que venderán los productos de Corrupt-más en el extranjero, pero las arcas se quedarán esta vez allí, Corrupt-más no verá ninguna onza de oro, ni una piedra preciosa, y los súbditos seguirán en la miseria, en el paro, en la indigencia y tristes porque no ven arreglo a sus males, ni por el nuevo dueño del castillo, ni de la corte, ni de la nobleza.

Esos súbditos desean dejar de ser de Corrupt-más, para ser ciudadanos de Res Publica.

- Erich Fromm establece cierta moraleja cuando dice: El individuo descubre que es “libre” en el sentido negativo, es decir, que se halla solo con su yo frente a un mundo extraño y hostil.

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