Soñando bajo la lluvia
Siempre me ha dado más miedo tener miedo que el miedo mismo. Ver al personal agazapado, huidizo, timorato, sombras a las que si saludas se asustan, es algo que nunca había visto, excepto en las películas de historias represivas, persecuciones nazis o la ciencia ficción de los sótanos sobrevivientes; naturalmente, dejando a un lado a una minoría más joven que no soporta ninguna sumisión.
Bueno pues suena la tormenta y es mi horario -ya me acostumbré al horario restringido de los de mi quinta-, así que salgo a mojarme o a que me caiga un rayo, me da igual, la tormenta me llama y con ella la calle vacía, silenciosa, limpia, ya nadie te mira como al peligro público n.º 1, nadie tiene que esquivarte, es un sueño, bendigo el momento, aspiro el aire fresco, doy gracias a Dios y... pienso en ello. ¿Por qué nadie habla de Dios, ni en la tele, ni en la prensa, ni en internet, ni en el bar, ni...?
Recuerdo una tormenta de verano hace sesenta y cinco años en Barcelona, duró toda la noche, el aparato eléctrico fue espeluznante, la luz blanca de los relámpagos estallaba en la calle sin tregua y entraba en las casas hasta el último rincón, y allí, al otro lado de los cristales, la gente estaba de rodillas, acordándose de Dios.
Seguramente cualquiera puede asumir que el porcentaje de creyentes era entonces mucho mayor, hoy independientemente de lo que diga la ficha, ateos, agnósticos, escépticos, creyentes no practicantes o evolucionistas que aceptan cualquier sopa orgánica mezclada de misticismo o tradición ya no creen necesitar al Dios que nos ha hecho y que es el único que puede salvarnos de cualquier peste, contaminación o desastre humano definitivo. Se siega la vida de cien mil criaturas abortadas cada año en España, pero... esa peste no preocupa. De pronto deja de llover, se abre el bar, suena el chumba chumba a todo volumen en el maldito coche, casi piso la caca de perro sobre la acera mojada, ¡nooooo!... por favor, un poco más de anormalidad ensoñadora.
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