La ruleta rusa en Alsa
El pasado viernes 2 de octubre abandoné la capital de España para pasar unos días en Asturias (no se alarmen, el desplazamiento estaba justificado, no huía ante las nuevas restricciones). Dado mi traicionero hábito de procrastinar asuntos importantes como la reserva de los billetes de otros medios más veloces, me vi forzado a viajar con Alsa para evitar un desembolso prohibitivo.
Mi autobús salió de la Estación Sur de Madrid a las cuatro en punto de la tarde, pero antes de subir a bordo reparé en una señora que esperaba en la cola para entrar y llevaba una mascarilla con válvula (FFP3). Alarmado, avisé (eso sí, a duras penas; la mascarilla es en ese sentido un tormento) al empleado de Alsa que comprobaba nuestros billetes: le comuniqué que dicha señora llevaba este tipo de mascarilla, que, como ustedes sabrán, protege eficazmente al usuario, pero contamina a los que lo rodean (quienes, a su vez, pueden llevar una mascarilla quirúrgica que no les protegerá). La tosca respuesta del empleado fue: “¿Y no funciona [esa mascarilla]?”. Insistí en que no protegía al resto, pero terminé por desistir después de tantos “¿Qué?”, “¿Cómo?”, “No te entiendo”; era como hablar en otro idioma, desconocía que mi mascarilla llevase un traductor incorporado al suajili, aunque ya hemos visto que no le quitaba el sueño el asunto.
En fin, recé por que doña FFP3 no subiera a la segunda planta, como persona de riesgo que soy, y subí las escaleras del autobús, internándome en la lata de sardinas (tras ver el panorama me pregunté si las siglas de la empresa no significan algo así como Angostas Latas de Sardinas Automóviles). A escasos metros de mí se sentaban dos hombres: uno de ellos, descubrí tras una necesaria siesta, se había quitado la mascarilla porque le suponía un estorbo, no para comer ni beber, sino para morderse las uñas mientras veía no sé qué vídeo que debía de ser tronchante, porque se pasó las casi seis horas que duró el viaje emitiendo risas flojas: ji, ji, ji, ji. Recuerdo que este personaje se rio cuando el conductor dijo que llegábamos a Mieres, entendiendo algo como “viernes”, ¡ji, ji, ji, ji, ji!, ¡qué bueno, ¿no?! Luego se volvía a colocar la mascarilla, según le venía en gana, ya sabemos que eso es asunto de uno y nada más: ¡yupi! Esto es Oviedo, donde la Catedral, ¿no? Más adelante estaba un joven cuya enorme nariz asomaba por encima de la mascarilla porque, cómo no, priorizaba que abrigara bien su cuello a que cubriera su napia. Agradezco haber llevado una mascarilla FFP2 y que mi compañera de asiento fuera responsable, además de cordial.
Afortunadamente, no tuvo lugar ningún accidente y todos llegamos sanos y salvos. A menos que...
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