Cuando todo se vuelve gris
Hay días, días funestos, que empiezan como cualquier otro: con un enfado, con alegría o con estrés. Es un día funesto disfrazado de normalidad. Es de esos días en que un familiar, o tú mismo, vas a por el resultado de unas pruebas porque aquellas puñeteras molestias continúan o porque creyendo que tienes una gripe vas al médico y te receta una analítica, o porque simplemente te duele la cabeza. Y tu familiar o tú mismo vais a recoger las pruebas y ella o él, o tu hijo mayor te esperan fuera y cuando sales tu cara es normal y él/ella o tu hijo respiran hondo, porque siempre que algo no deseado se avecina lo presentimos consciente o inconscientemente... y respiran hondo.
Tu familiar o tú mismo empezáis a comentar el resultado y a él/ella, tu hijo mayor... les cambia poco a poco la cara y contienen el llanto porque una horrible nebulosa gris les envuelve la cabeza y no les permite apenas continuar escuchando lo que dices. Todo se vuelve gris, penosa y tristemente gris. La sombra densa de una mala enfermedad ha caído sobre todos y las palabras de él/ella/tu hijo mayor o quien demonios sea que esté contigo suenan lejanas y vagamente esperanzadoras, pero suenan raras y no consuelan. Y ellos, los que las pronuncian, lo hacen con una sonrisa y te besan y te cogen la mano, pero sienten un dolor profundo, horrible y penetrante a la altura del corazón. Algunos no soportan el dolor que sienten al saber, porque lo saben, que sufrirás; otros lo llevan callado y el corazón se les rompe. Sí, el corazón rompe, y no metafóricamente, se rompe por el dolor del otro, por el propio, por lo que el informe podría llegar a significar y que nadie quiere nombrar. Y todo se vuelve gris, oscuramente gris, dolorosamente gris.
Y nos preguntamos si hay alguna mancha blanca en tanto gris, todos nos lo preguntamos y la buscamos y la encontramos y nos aferramos a ella. ¡Agarradla bien! Esa mancha puede cambiar el destino, o no, esa mancha es la esperanza y la fuerza. La fortaleza interior del dueño del informe, la fuerza del cariño de quienes le acompañan, la fe en que los sueños no se acabarán, en que habrá muchos mañanas que permitirán olvidar el sufrimiento que provoca el gris. Y nos prometemos a nosotros mismos que todo cambiará, no más discusiones por estupideces, no más falta de empatía, no más estrés innecesario...Todo cambiará o no cambiará, pero lo que es seguro es que nada será igual, tú lo sabes y yo lo sé. Y nos aferramos a la mancha blanca..., agarrémonos bien a ella, que no se nos ocurra soltarla, porque de ella depende que seamos capaces de transmitir luz, la luz que da vida.
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