Blanqueando el franquismo
Los años ochenta y noventa del pasado siglo, la sociedad española vivió una especie de “luna de miel” o “embobamiento” con la democracia recuperada a partir de 1978, tras conseguir, con mucho sufrimiento, desgarros y renuncias ideológicas por parte de las izquierdas, superar ese interregno histórico que llamamos Transición. El franquismo llegó a ser un mal sueño, felizmente superado (que el dictador muriese en la cama llegó a ser irrelevante). Exorcizábamos los 40 años de terror fascista con chistes sobre ese pequeño hombre de voz aflautada y poseedor de un solo huevo. Europa nos había admitido en su club en 1986.
Por los campus universitarios “molaba” llevar bajo el brazo el periódico “El País” y ser simpatizante, votante o militante del PSOE o del PCE. Ser simpatizante del PP no se llevaba y no era fácil encontrar a un alumno/a, profesor/a de ideología conservadora que hiciera gala de su condición. En clase, al tratar o debatir temas de carácter social o económicos las tesis conservadoras prácticamente eran anecdóticas, sin eco y hasta miradas de reojo.
Los últimos años de los gobiernos socialistas, donde los escándalos de corrupción empezaron a erosionar las bases sociales que sustentaban al poder socialdemócrata y la irrupción de una clase media exigente, fueron aprovechados hábilmente por un partido de corte conservador que, a pesar de proceder de los herederos del franquismo, renunciaron a representarlo. Sin solución de continuidad pasaron del “Pujol, enano, habla castellano” a hablar catalán “en la intimidad” y ETA pasó de ser una banda miserable de asesinos a un “Movimiento de Liberación Nacional” (Aznar). Así, tal cual, sin anestesia.
La extrema derecha, representada por Blas Piñar (Fuerza Nueva), obtuvo el 2,1% de los votos en 1979 y un diputado. En 1987, de la mano del Frente Nacional francés en las elecciones europeas no alcanzó ni el 1% de los votos al Parlamento Europeo y desapareció. Con él “murieron” (quizá sea más ajustado decir “invernaron”) de la contienda electoral los nostálgicos del franquismo o, los más hábiles, se refugiaron en el PP (Abascal).
Es perfectamente explicable que durante el primer Gobierno socialista (1982-86) no se dieran las condiciones para recuperar la memoria histórica y acabar con los símbolos franquistas. Había que consolidar la democracia. Pero a partir del 87 y con el espaldarazo de la pertenencia a la UE, España estaba en las mejores condiciones para acabar con su pasado fascista. Una sociedad española masivamente volcada en la socialdemocracia lo habría vivido con total normalidad y un PP, todavía muy débil electoralmente, no habría puesto mucha resistencia. Solo había que copiar el ejemplo de Alemania con su pasado nazi, pero las vacaciones de Felipe González en el verano de 1985, a bordo del “Azor”, donde el fantasma de Franco hacía de las suyas, marcaron el camino de la vergüenza.
De aquellos polvos vienen estos lodos. Hoy, la extrema derecha, de la mano de Vox, que permanecía “invernando” dentro del PP, se pasea por todo el territorio español, sacando músculo, sin complejos. Dejando sin discurso a “la derechita cobarde” de Casado. Tiene a su favor a una sociedad desmovilizada, preocupada solo de que no se apague internet para poder seguir consumiendo fake news, bulos construidos “ad hoc” en las redes sociales, donde el “discurso” antisistema de la extrema derecha reconstruye la historia a su manera. La Historia ya no es esa ciencia respetable que nos ayuda a entender e interpretar los procesos sociales con datos, argumentos, documentos y años de investigación de historiadores de reconocido prestigio, sino que “la historia forma parte de la libertad de expresión” (Ortega Smith). Por ello, él tiene derecho a decir que “las Trece Rosas fueron unas asesinas, violadoras de niños” y ya de paso (como sus barbaridades no tienen consecuencias jurídicas, pero sí “alimento” para descerebrados en las redes sociales) presenta una moción en el Ayuntamiento de Madrid para retirar los nombres de Indalecio Prieto y Largo Caballero del callejero madrileño, bajo la inmunda, rastrera e indigna acusación de que fueron “unos asesinos”. Así sin más. De un plumazo se cargan toda la historiografía y mandan a las hogueras de la anticultura a Ángel Viñas, Julián Casanova, Josep Fontana, Álvarez Junco... a los hispanistas británicos Paul Preston, John Elliot, Hugh Thomas, Ian Gibson...
Indalecio Prieto, elegido democráticamente diputado en representación del PSOE, ocupó la cartera ministerial de Hacienda y posteriormente la de Obras Públicas durante el Gobierno legítimo y democrático de la Segunda República. El golpe militar fascista de Franco le obligó a exiliarse y morir en México en 1962. Representó dentro del socialismo español el ala más liberal del mismo.
Por su parte, Largo Caballero desempeñó la presidencia del Consejo de Ministros de septiembre del 36 a mayo del 37, en uno de los momentos más tensos de la Segunda República. Exiliado a Francia y luego prisionero de los nazis en el campo de concentración de Sachsenhausen durante la Segunda Guerra Mundial, fallecería tras la liberación. Representaba el ala más “radical” del PSOE.
Los dos contribuyeron a poner en valor los ideales del republicanismo y la justicia social, truncados y arrasados por el golpe militar del 36, que puso fin a la democracia representativa instaurando un régimen de terror durante casi 40 años. Hoy, sus nombres quedan manchados por quienes blanquean al franquismo con la connivencia del PP y Cs. De facto hemos transformado la Ley de Memoria Histórica en ley de memoria franquista. Los fascismos hoy no son como antes, por ello, la periodista Marta Sanz, tiene razón al señalar: “Si no lo remediamos, quizás estos sean los genes fundacionales del conocimiento futuro con el que daremos forma –ideología– al cuento de un momentazo histórico que nadie habría querido vivir: pestes del siglo XXI, cicatrices de la ciudad, cargas policiales contra la ciudadanía de los barrios populares de Madrid y patente de corso a los de Núñez de Balboa, malversación de los dineros públicos, protocolos para aislar en las residencias a las personas mayores para que mueran en soledad, fincas valladas en las que los guardas no permiten el paso ni a pobres ni a epidemias, salarios de mierda de la sanidad. Me pregunto cómo y quién se adueñará de la verdad a través de la memoria que se haga de los relatos”. ¿Para qué queremos los fascismos de los años 30? Atado y bien atado... Y yo con estos pelos.
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