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El producto estrella del supermercado Naturaleza

11 de Octubre del 2020 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

La vida. No creo que nadie lo dude, ¿verdad?

Creo que me conviene caminar. No he tenido tiempo de hacerlo en la calle. Ya he cenado y la tortura de la tele a mis ojos es mayor que el placer de verla. Así que de Este a Oeste y viceversa por el pasillo. Durante una hora, considero.

Hay días en los que este tiempo se me hace laaargo, y días cortiiito. Depende de si tengo que pensar, o sea, si me obligo a hacerlo o si, por el contrario, mi voluntad no interviene en el pensamiento, este, movido por extraña inercia, fluye por sí mismo, hoy ha sido el caso.

Empiezo por decidir yo. Me digo, tengo que cuidar los pasos para que el movimiento no me cause dolor, pero, a medida que el dolor desaparece, el pensamiento toma su propio camino.

La naturaleza es un supermercado. Un supermercado que podemos mangonear, pero no gobernar. Ella siempre ha ido a su aire, hasta que no se le ocurrió peor cosa que crear el ser humano. Algo que no encaja con la forma de encajar que tiene esta, según dicen, su máxima creación.

Si tratara de explicárselo, el ser humano no lo entendería, ¿cómo un creador tan capaz ha creado un ente tan jodedor, que está permanentemente jodiendo a su creador?

La lógica de este jodedor, pienso yo, solo puede parir una respuesta: es capaz, evidentemente, de crear una criatura tan (así se considera él) absolutamente maravillosa, pero n.p.i. de lo que es capaz esta de hacer esta creatura.

Mas a lo que iba. Somos cuando la vida nos crea. Y cuando tomamos conciencia lo agradecemos o maldecimos de forma vitalicia, o vamos agradeciendo y maldiciendo según las circunstancias. Lo que sí tenemos claro, al menos yo, desde muy temprano, es que la justicia no es más que una palabra para uso de la retórica. El ser humano la define y se pasa por el forro su definición. Y no digamos la naturaleza. La naturaleza no le para bolas a nada, se limita a crear y que su creación se las apañe. No pone precio al producto. La vida es invaluable. No tiene precio, y, sin embargo, el ser humano paga y cobra de ella. Lo que para uno cuesta es la diferencia entre lo que ha pagado y ha cobrado, el saldo puede ser positivo o negativo, claro. Hay suertudos que no pagan un coño, toda su vida viviendo de p. m., o sea, cobrando, y ni siquiera cuando la pierden pagan, les ocurre mientras sueñan que le están haciendo cosquillas a la vecina de sus sueños. Otros, desde el nacer al morir, además de irla perdiendo, van pagando su vida.

En general, se van alternando pagos y cobros. Algunos cobros pueden ser excelsos, pero también hay pagos verdaderamente jodidos, por ejemplo, la carencia de audición.

A mi mente ha venido esta carencia, sin duda, por el hecho de que en este momento me halle escuchando “What a wonderful world” (Qué mundo/vida tan maravilloso/a), de Louis Armstrong.

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