Nadal, sublime
Son tantos los adjetivos que los medios de comunicación de medio mundo han dedicado a Rafa Nadal por su rotunda y contundente victoria ante el número uno del ranking ATP, Novak Djokovic, en la final del Roland Garros, que resulta difícil añadir algo más.
La gesta deportiva del tenista balear, venciendo 13 veces en París e igualando con Roger Federer en 20 títulos del Gran Slam, es de tal magnitud que ha sido definida con todo tipo de calificativos. Histórico, legendario, único, imbatible, majestuoso, insuperable, grande entre los grandes, el mejor tenista de la historia, infinito, emperador, inagotable, arrollador, el más grande, soberbio, el rey de la tierra.
De todos los adjetivos que le han dedicado, el más repetido ha sido el de “legendario” o el de “leyenda”, porque, sin duda, es una leyenda viva del tenis.
Si se me permite yo le distinguiría con el apelativo de sublime, porque esta palabra encierra todas las cualidades y características de uno de los mejores de la historia del deporte. Rafa cultiva el arte del tenis con una grandeza extraordinaria, con una extremada nobleza, produce gran emoción, es excepcional por su altura ética y estética, y porque, en definitiva, es capaz de llevar al espectador al éxtasis total. Una hazaña, una proeza extraordinaria.
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