Oigo y leo con asombro y preocupación
Leo, no sin asombro, que la señora Álvarez de Toledo considera su mayor logro político haber llamado a Pablo Iglesias “hijo de un terrorista”. La musa de la intelectualidad conservadora encuentra en el agravio causa de merecimiento personal. De esta señora se podrán decir muchas cosas, pero nunca que sus comentarios pasan inadvertidos.
Leo, con más asombro, que Lucía Méndez, redactora-jefe de opinión de “El Mundo”, defiende con ahínco la “ley Villar Palasí”. Según Lucía, aquella ley promulgada en el 70, garantizaba la igualdad de oportunidades en mayor medida que la actual porque la nueva ley permite pasar de curso con suspensos. A la jefa de opinión no le merece la ídem el abandono escolar ni la raquítica obligatoriedad de escolarización que acompañaba a aquella ley educativa. Descansen en paz el señor Palasí y su ley.
Leo, con menos asombro y más preocupación, que la señora Mallada piensa llevar a los tribunales de justicia los cierres perimetrales de las tres principales ciudades asturianas y la interrupción de la actividad comercial en todo el Principado. Tiene la oposición vernácula cierta tendencia a desenfocar los problemas. Se ve que los neurotransmisores de doña Teresa, aquellos que influyen en la lógica de la emergencia sanitaria, los tiene un tanto dispersos.
Leo, con suma preocupación, que Pablo Casado, quien en mitin patriótico inmisericorde aplicó la navaja de Ockham a nuestro proyecto curricular, reduciéndolo a la pedagogía de hórreos y frixuelos, exhorta a las CC AA gobernadas por el PP, para que legislen contra la “ley Celaá”. Parece que el señor Casado confunde la geografía política organizada en torno a CC AA con los reinos de taifas.
Oigo llover noticias sobre las presuntas corruptelas del rey emérito y ya no me asombro. Con este señor estoy perdiendo toda capacidad de sorpresa. Parece que Suiza y Corinna Larsen están empeñados en descubrir y reescribir la verdadera historia del rey campechano, penúltimo, hasta la fecha, en la dinastía borbónica. El actual, Felipe VI, de quien su padre dice que está sobradamente preparado –qué va a decir un padre si no alabar a su hijo, aunque, más tarde, este le haya condenado de hecho–, recoge, presuntamente, los frutos del árbol de la vergüenza.
Resulta curioso leer y oír cómo el principal valedor de Felipe VI, el académico Pérez-Reverte, se proclama republicano convencido y firme defensor de la continuidad de la saga, al tiempo que le exime de toda responsabilidad subsidiaria por el solo hecho de ser buena persona y no haber entre la clase política actual personajes intelectualmente capaces ni moralmente elevados como para llevar a buen término el tránsito constitucional hacia la república.
Y ya, descendiendo a lo local, un ruego: pedirle a la señora alcaldesa que repare los bancos y sustituya las papeleras del avilesino parque de Cabruñana, no vaya a ser que tenga en mente hacerse la foto propagandística de rigor, después del asfaltado de sus caminos, junto a uno de estos monumentos caídos por la inclemencia del tiempo. Se ve que el dinero no alcanza para comprarle chocolate al loro.
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