La Arcadia

27 de Noviembre del 2020 - Antonio Parra (Piedras Vivas)

Arcadia. Et in arcadia ego

Parra-Galindo

Hórreos, cabazos y paneras, positos y graneros alzados sobre sus patas de sílice o roble, con unas lajas o lanchas que semejan un babero, mirando hacia el monte y desafiando a las cumbres de una cordillera que llaman la Sierra del Viento.

Sus vértices se asoman a la cántabra mar que fue cátedra de los mareantes de Cudillero.

A mí me nacieron en Segovia, pero soy pixueto y mi corazón falangista de tierra adentro entiende y ama a esta tierra que por tradición y redaños siempre fue socialista. De hombres recios y buenos y esto es importante cuando en Castilla ya no quedan hidalgos.

Solamente los cazurros de Delibes. Y los pijos de Valladolid.

Habrá que irlos a buscar, digo yo y a lo mejor me equivoco, entre los muros de las casas blasonadas de las dos Asturias, las de Santillana y las de Oviedo.

Sólo amando y entendiendo a estas dos Asturias tan distintas se puede entender a las dos Españas tan recias, tan bipolares.

En la de acá llaman zapico y garabato a lo que los otros denominan zoqueta y bieldo. No sé cómo llegué a esta región. De niño oír cantar una vieja canción de arriero “No hay carretera sin barru ni prau que no tenga yerba” y rodando en los radios y cubos de mis ruedas y a veces casi a punto de perder el tentemozo y nave desarbolada y sin timón amuré en este pantalón maravilloso de mi destino.

Todos mis sueños se encierran en este monte y en esta panera. Esta panera está en la cuesta según se sube de la mar toda de Artedo y era un paraje para recobrar el aliento porque la varga desconectaba el anhelito y el paisaje por arriba y por abajo quita la respiración. Tira p’alante. No tengas miedo de perderte por estos recovecos. Aquí yo he sido feliz. Et in Arcadia ego.

A la izquierda queda una casa con balcón que llamaban el palacio de los Fierros y una bandera española flameaba vigilante sobre las dunas y médanos de la Concha Artedo.

Un poco más allá, el restaurante Mariño, uno de los hospedajes mejores de España que a mí me recuerda felicidad y rostros de los que se fueron: mis compañeros de tute o de brisca bajo el emparrado de los tamarindos a los que Santiago, mi buen mesonero pixueto, amigo silencioso y elegante, dio forma de pérgola.

Y allí junto al rumor de una fuente pasé veranos de felicidad. Añoro el recuerdo de Amado el labrador de Lamuño, de Suso el minero el hijo de la Madreñera, que hizo la guerra en el Frente Popular y que poco antes de morir llamaba a voces a Gabriel Tuya, que peleó en el otro bando y fue su amigo fiel, su benefactor.

Le ayudó a arreglar los papeles cuando Tuya estaba en el Instituto Nacional de Previsión y estas cosas en Asturias, donde la gente suele ser muy agradecida y cabal nunca se olvida.

–Tuya, Tuya, ¿cómo tás?, guajín. Mañana muero, caguen mi mantu.

–Qué vas a morir tú, ho. Mala hierba non la espicha.

–Sí. Sí. Esta vez sí, Gabrielín.

Tenía mucha silicosis en los pulmones el probín. Y plomo y metralla de las balas de aquella puta guerra.

Benito el guarnicionero era también de la tertulia, mi cuñado Jorge Isoba, uno de los pocos amigos que siempre tuve.

A este balcón del Cantábrico se asoma el tren en difícil equilibrio, pero los viajeros nunca tuvieron vértigo de ver las olas, cuando pasan, a sus pies lamiendo el acantilado. Bosques de alisos, abedules. Ese no es el monte Pascual ni la Rondiella.

Es el monte Tabor, donde Cristo se transfiguró. Ese que se ve ahí era un monte sagrado de los celtas, pero fueron talados y quedaron los pinares muy enhiestos y sorprendentes. Y en una de las estribaciones como un nido de raitán a mano izquierda está Faedo, una aldea de la que podríamos decir llevados de la pluma genial de Armando Palacio Valdés la frase homérica de “Et in Arcadia ego” y no queda más remedio que entonar ante esta vista un versículo del “Te Deum”: “Montes et colles laudate Dominum”.

Que los montes y collados adoren al Señor y si son asturianos que es el pueblo que estuvo más próximo al paraíso –y al infierno porque es bravo y generoso y singular pueblo, pero de pana rayada como decía mi pobre suegro y los de Gijón son los del “culo mojado”– por doble partida.

Siempre me he perdido y he comprendido más la vida en comunión con la naturaleza por estas sendas y vericuetos. Claro que soy sólo un poeta y el personal no está para versos, pero a las olas de la mar de Cudillero en esta noche del 29 en que termina un año bisiesto que para mí está resultando muy bueno hoy desde mi ordenata las tiro un beso.

Olas que vienen y van y tras tiempos llegan tiempos. Me voy a fumar una pipa.

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