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La muerte de Dios

28 de Noviembre del 2020 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

Difícil, muy difícil, decir algo nuevo de este personaje, después de estos días en los que se ha dicho, “urbi et orbi” de todo. Quizás, como observador de la realidad, me pueda reservar una palabra a riesgo de ser crucificado por el mundo del fútbol: desmesura. Pero, ¿es posible hablar de desmesura en un deporte donde todo está sobrevalorado? Es más, ¿es posible hablar de desmesura, en general, en Argentina?

La primera vez que visité este hermoso e inmenso país, pregunté a mi anfitrión si me podía explicar el fenómeno del peronismo. Un movimiento (que no un partido) donde conviven gente de izquierdas, sindicalistas, populistas, fascistas... Su respuesta fue muy escueta (raro en un argentino): “No lo entiendo ni yo que soy argentino”. Recordaba estaba conversación, estos días, al leer y escuchar tanto panegírico, donde el diccionario agotaba toda su riqueza lingüística. Creo que fue el periodista Martín Caparrós quien me recordó las palabras de mi amigo argentino: “Los argentinos suelen decir que hay que ser argentino para comprender el fenómeno Maradona”. No le falta razón, porque sólo un argentino puede vivir la desmesura, como ellos lo viven. Como lo vivieron con Evita, con Gardel. La desmesura es la pócima mágica que, entre otras cosas, tiene la virtud de hacerte olvidar los detalles feos, inmorales, peligrosos, de abuso de poder que suelen rodear al héroe, y más en el caso de Maradona que sobrepasó al héroe para convertirse en Dios. “Dios ha muerto”, titulaba un periódico argentino. Poco más que decir.

Algunos han apuntado que fue un héroe del pueblo, con rasgos populistas. Encarnó el mito del ascenso a la cumbre máxima desde orígenes humildes, en un continente marcado por grandes desigualdades, al igual que Nápoles en Europa, ciudad del sur de Italia, desfavorecida y humillada por los prepotentes del norte, allí también arraigó la desmesura.

Sólo en Argentina puede un Gobierno decretar tres días de luto nacional por un deportista, elevar a funerales de Estado su adiós y alojar las exequias en el mismísimo Palacio de Gobierno, la Casa Rosada, con las consecuencias inevitables de una muchedumbre desquiciada hasta el paroxismo que consiguió asaltar la sede del Gobierno. Gases lacrimógenos, balas de goma, heridos, escenas de pánico, histeria colectiva, la Policía desbordada completaron el cuadro de la desmesura “made in Argentina”. Como dice Martín Caparrós: “Lo que se ha muerto, parece claro, es un fragmento de nuestras historias..., Maradona fue todos nosotros y todos fuimos Maradona”, pero olvida que esto mismo se dijo cuando murió Evita, la otra diosa del argentinismo, el 26 de julio de 1952. Tiene razón, Maradona es Argentina, como en su día lo fue Eva Perón.

La muerte de Maradona dejó todo en suspenso. La irresponsabilidad del Gobierno echó por la borda meses de sacrificio en la lucha contra el covid-19: “No es posible oponerse al pueblo”, sentenció Ginés González García, ministro de Salud. Desaparecieron las mascarillas al igual que cualquier cautela. A nadie le importaba el contagio del coronavirus. Nadie se preguntará cuánta gente se contagió ese día, cuántos viejos murieron asfixiados y en soledad en los quirófanos atestados por culpa de los tumultos para despedir al Dios de los argentinos. Serán los daños colaterales de la desmesura. De momento, el presidente de la República, Alberto Fernández, ha sido denunciado penalmente por vulnerar los decretos sobre cuarentena que él mismo firmó. Con su irresponsable actuación ha contribuido a la propagación del virus y ha dividido a los argentinos entre quienes tienen derecho a despedir a sus familiares (si eres famoso) y quienes tienen que morir y ser enterrados en la soledad (muchos serán enterrados así en unos meses).

El azar ha querido que este personaje muriera el mismo día en el que, en todo el mundo civilizado, se celebraran actos por el Día Internacional Contra la Violencia de Género. Violencia de la que él tiene mucho que decir, “no soy un pegador, pero era para arrancarle la cabeza a Rocío Oliva”. Muchas son las denuncias al respecto, incluidas las de pedofilia. Santiago Lara (supuesto sexto hijo ilegítimo) es fruto de la relación que mantuvo con su madre, cuando esta era menor de edad. De Cuba se trajo otro “trofeo”, su relación sexual con dos menores de edad. Fruto de ello, dos hijos reconocidos por él mismo... suma y sigue.

Nada importa. Son los daños colaterales que sólo a los dioses se les permite, tolera y perdona porque lo que realmente importa es lo que aparecía en un cartel entre la muchedumbre que tomaba por asalto el Palacio Presidencial: “Diego fue la única persona que me hizo feliz”, junto a otra que decía: “No importa lo que hiciste con tu vida, importa lo que hiciste con la nuestra”.

PD. Por cierto, soy futbolero. Disfruto con el buen fútbol, al igual que con el baloncesto, el tenis...

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