Geisterkonzert epidémico
Desde que descubrí el placer de iniciar un nuevo año escuchando el “Concierto de los conciertos”, el que da inicio a la temporada de las grandes citas de la música clásica cada año, hace 35 años, no he faltado a la cita ningún año. Esté donde esté, en la ciudad o país que me encuentre, sobrio o con resaca, me situó frente al televisor para escuchar este regalo que todos los años nos ofrecen desde la sala dorada del Musikverein de Viena, transmitido a más de 90 países del mundo y cuya señal la escuchamos en España a través de RTVE.
Este año, el tradicional concierto también se ha visto afectado por la maldita pandemia, como tantas otras actividades culturales. No podía ser de otra manera, esta vez sin público. Pero sus organizadores no han querido renunciar a la cita anual y optaron por un nuevo formato: el “Geisterkonzert” (actuación en directo con público ausente) y conservando todos los ingredientes que hacen de esta cita anual única e irrepetible.
Ricardo Muti acudía por sexta vez a la llamada vienesa y se convertía en el director que más veces se había puesto al frente de la Filarmónica de Viena, cuyos músicos habían sido previamente sometidos a 750 test anticovid-19 y una cuarentena sin necesidad de dar positivo. Había que protegerlos en una única burbuja musical para garantizar la cita global. Austria sufría en esos momentos su tercer confinamiento, pero, para Muti, que “La sala dorada del Musikverein no tenga música, un primero de enero, la haría parecer una tumba”.
“Contra el público se toca mejor” ha dicho un crítico musical al destacar la platea de la sala de conciertos vacía y las cámaras cumpliendo su labor centrada en la orquesta y su director, en los detalles imposibles de ver desde las vetustas butacas (por cierto, nada cómodas). La platea vacía nos ha recordado quién merece reverencia y atención, quién oficia el rito y hacia dónde hay que enfocar las cámaras.
El documental que el director del mismo, Felix Breisach, había preparado para la ocasión ocupó los 25 minutos del intermedio y fue un deleite más para los sentidos. Estuvo dedicado al centenario de Burgenland, el último Estado federado en incorporarse al territorio austriaco y que recorre tierras, costumbres y cultura compartidas por austriacos y húngaros.
En el tradicional ballet, repetía como coreógrafo el español José Carlos Martínez, al ritmo de la pieza más destacable del concierto, que para mí fue el “Vals del emperador”, de Johan Strauss hijo.
La “Marcha Radetzky”, ese “regalo” insustituible que año tras año no puede faltar y que marca la implicación del público con el concierto, a través de sus palmas, era esta vez una incógnita. Con el tiempo y los años, la “Marcha Radetzky” y las palmas del público configuraban una especie de fusión cómplice entre la orquesta, el director y el público; sin embargo, creo que esta vez ganó la música, ganó la “Marcha Radetzky”, porque sonó como nunca, “liberada” de las ataduras de la complicidad que con los años le había dejado en segundo plano. No lo pude evitar, me emocioné. Creo que escuché el mejor Concierto de Año Nuevo desde que me aficioné a ello.
Hace cuatro años estuve en Viena y es de obligado cumplimiento la visita al Musikverein. De entrada, la sala Dorada te decepciona porque al no estar engalanada como la vemos desde la televisión todos los primeros de enero, con flores, luces, músicos y la diversidad de públicos llegados de todos los rincones del planeta, resalta sus deficiencias y desgastes que el tiempo se encarga de plasmar en el mobiliario (especialmente llamativo es el desgaste que sufre el estrado donde se colocan los músicos).
El próximo día 1 de febrero se puede empezar a solicitar el poder participar en el sorteo que te permite tener derecho a comprar una entrada para el próximo Concierto de Año Nuevo. Yo lo intenté en varias ocasiones y al final he desistido. La verdad no sé por qué lo intenté, sabedor de que jamás me ha tocado nada por sorteo, pero es la magia de la música.
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