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Los muros que nos separan

16 de Marzo del 2021 - Juan Luis Vallina Ariznavarreta (Siero)

El Mediterráneo como espacio geoestratégico ha pasado a desempeñar un papel de “nuevo telón de acero”, esta vez entre el Norte aparentemente desarrollado y el Sur explotado por un comercio desigual y expoliado en sus recursos naturales.

De hecho, esta criminalización de los potenciales “nuevos enemigos” esconde el fracaso del modelo de desarrollo y de las relaciones internacionales propuesto por el bloque hegemónico y la naturaleza de las verdaderas intenciones de las tradicionales potencias coloniales, las cuales conforman sus intereses económicos, políticos y militares a escala mundial y concretamente en el entorno del Mediterráneo. De lo que se trata, en definitiva, es de controlar la deuda externa, interfiriendo así en su política interna, y también en controlar sus recursos humanos, energéticos y naturales.

Lo que resulta de esta situación es un Mediterráneo con claves de confrontación mundial entre los intereses de las superpotencias y entre estas y los intereses de los pueblos de la zona. En este sentido, podríamos identificar una serie de escenarios que nos permitirían concretar un diagnóstico crítico a partir del cual formular propuestas alternativas.

En primer lugar, estamos ante un escenario económico presidido por profundas desigualdades: concentración del 91% del PNB en los cinco estados mediterráneos de la Unión Europea, frente a un 9% de estados mediterráneos del Magreb y Próximo Oriente.

El 82% de los recursos sanitarios y el 66% de los alimentarios se encuentran en la Unión Europea, mientras que por el contrario el 87% del analfabetismo se concentra en la otra ribera, donde la esperanza de vida disminuye 11 años con respecto a la media del Norte.

El expolio colonial, la desestructuración social y política consiguientes a un proceso descolonizador violento e inconcluso, asociado a la imposición de un modelo económico alejado de las necesidades propias de la población, con una fuerte dependencia tecnológica, depredación ecológica y corrupción política son los factores que están en el origen de esas desigualdades.

En segundo lugar, las tensiones y conflictos mediterráneos, unos, producto de reivindicaciones territoriales; otros, derivados de estructuras económicas injustas. Todos esos conflictos deben ser tratados desde la óptica de la cooperación y la seguridad y no por la vía militar.

En tercer lugar, los gendarmes de la zona, Marruecos, Túnez, Turquía, Egipto, fieles aliados de las potencias coloniales, pueden hacer y deshacer a su antojo sin temor a ser denunciados internacionalmente. La limpieza étnica en Bosnia, el genocidio kurdo en Turquía, o la ocupación militar del Sahara Occidental por Marruecos dan buena cuenta de ello.

En cuarto lugar, el paro golpea a las poblaciones del Sur. La juventud, un tercio de la población, es el sector más afectado. Mientras en la ribera Norte la población ha envejecido y la natalidad ha disminuido sensiblemente, en la ribera Sur la población aumenta y se rejuvenece. Esta situación es vista como un serio peligro para los organismos financieros internacionales, que tratan de aplicar políticas antinatalistas y una mayor obstaculización a la circulación de personas. La ley de Extranjería española encaja perfectamente en esta línea.

En quinto lugar, en un territorio colonizado y en estado de guerra las mujeres ven agudizadas sus condiciones de pobreza y paro. La violencia se ceba en ellas como hemos visto en Bosnia y Argelia, por poner dos ejemplos impresionantes.

En sexto lugar, para garantizar el proyecto hegemónico prooccidental, es necesario reproducir una cultura alineada, que perpetúe las diferencias Norte-Sur y legitime los discursos eurocéntricos, que en muchos casos toman un carácter racista xenófobo. Para ello, se controlan los medios de comunicación, que son los encargados de manipular la realidad. Se informa de las guerras, de las catástrofes, de las epidemias, las hambrunas, pero sin hacer la más mínima referencia a las causas que las originan.

En séptimo lugar, la región mediterránea, es una de las áreas más afectadas por la acción humana. Hoteles, urbanizaciones, parques acuáticos, puertos deportivos, etcétera, han contribuido a deteriorar irrecuperablemente a un tercio de la costa mediterránea. Un 30% del petróleo mundial circula por lo que supone el 1% de todos los océanos. Los accidentes, escapes de petroquímicas, o las 65.000 toneladas de hidrocarburos vertidos cada año, son las consecuencias.

Para evitar que ese desastre se acentúe, es necesario recuperar en la región la iniciativa en la defensa de la paz y la convivencia entre los pueblos. Es un buen momento para invertir la tendencia derrochadora de recursos naturales, e iniciar un proceso de reconversión cultural, política y económica hacia la sostenibilidad. En este proceso, un elemento básico sería la sustitución del actual modelo energético, basado en la electricidad de origen nuclear y el petróleo, por un modelo que tendría como eje fundamental las energías renovables, la eficacia, el ahorro y la descentralización. El otro pilar de esa transformación sería un cambio cultural que primaría la racionalidad sobre el consumismo.

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