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El eterno problema de la luz

1 de Febrero del 2021 - Justo Roldán Vidal (Oviedo)

Como se barrunta que el precio de la energía eléctrica volverá a encarecerse, ya se está barajando una especie de "sudoku", y no para que esta nos cueste menos a los españoles modestos, sino -y a diferencia de las familias llamadas vulnerables, que no les afecta- para que ahorremos aún más, con la finalidad de aplicar el menor consumo para evitar el mayor gasto. O sea: la misma cantinela de siempre: limitar su uso, a los horarios establecidos por el Gobierno. De tal manera que las familias -no vulnerables- deben cambiar sus "malos hábitos", para adaptarlos a los nuevos tramos horarios, si no quieren que su recibo mensual o bimensual sea inasumible (que lo será, lo es y lo seguirá siendo, de cualquier manera, que se use, pues esa no es la causa, como tratare de explicar).

La verdad es que para decirnos que si no queremos que suba el recibo de la luz no la usemos no hacen falta: ni decretos, ni tramos, ni otras zarandajas. Y es así que hace muchos años que las familias (para no volverse vulnerables) aplican algo tan lógico como el ahorro. Pero el ahorro en general, no solo en la luz, gas, gasolina, comida, viajes, ocio, etcétera. Ahorrar es algo consustancial a cualquier económica doméstica, (que, por cierto, nunca se lo aplican quienes deben velar por las cuentas públicas). Y así es que, hoy, muchos hogares viven y gestionan sus economías con la filosofía consumista, que acarrea el tan cacareado como falso "estado del bienestar" que proclama el progresismo marxista, y donde el esfuerzo y el sacrificio, no se contemplan de forma individual, y si como sociedad orweliana.

Pero no nos engañemos, ni traten reiteradamente de engañar a los "ya consumidos". El problema del coste de la energía eléctrica no es su consumo; prueba de ello es la reata de medidas populacheras que se han sacado de la manga a lo largo de los años y que van desde regalar bombillas, cambiar las luminarias de las calles, poner tramos horarios, cambiar la hora, etcétera, hasta llegar al absurdo (Miguel Sebastián, ministro de Energía) de no llevar corbata en el Congreso. ¿Se acuerdan, verdad?

Pues bien, todas esas medidas con las que nos aburrieron durante años y años no han servido absolutamente para nada. Y es que ningún hogar o ninguna empresa pueden ahorrar sobre algo que no se tiene o se tiene escasamente. ¿Y qué es lo que no se tiene o escasea y que tampoco se genera? La energía.

Pretender que no salga cada vez más caro el consumo eléctrico no se consigue con "paños calientes", solo enfocados al menor consumo, que no significa más ahorro (aspecto este último que pretendo explicar, y que debiera de ser la norma de aplicación, en cualquier económica doméstica o pública), si se quiere, y se tiene voluntad de que la energía no sangre más a la economía española. Para ello, hay que cambiar radicalmente la manera de generarla.

Políticas ideológicas, basadas en un "falso ecologismo", no son de recibo. Escrúpulos ideológicos, sobre la energía nuclear, solo se dan en España. La paralización de la que se consigue por medios hidráulicos ha sido sustituida por la eólica, sin resultado, al menos apreciable, en el coste al ciudadano. El cierre de las centrales térmicas, o de la extracción del mineral que las hace funcionar, son políticas ambientales, que proceden allende de los Pirineos, y que nos imponen, sin que ellos las abandonen o se las apliquen -no se nos olvide- las que nos acarrean un coste per cápita inasumible; además de un deterioro del tejido productivo, que nos quita la posibilidad de ser competitivos en los mercados internacionales.

No. ¡No son los tramos horarios, valles, picos o lo que sea! Es la inexistente política energética, la que, con ese eslogan de la "madre tierra" y el de la "ecología de despacho", están llevando a la ruina a todos aquellos que aún no se nos considera "vulnerables", pero que terminaremos siéndolo. Y será entonces cuando caigamos en una especie de "sopor comunitario", entregados al "papá Estado", que nos conducirá a otra rebelión en la granja, como dejó de manifiesto George Orwell.

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