Al hermano Francisco Tudanca
El lema de una de mis amigas es “si solo estamos de paso, dejemos huellas bonitas”. Pues usted, maestro, no solo dejó infinitas huellas bonitas a lo largo de su vida, sino que también sembró semillas maravillosas que nos han hecho mejores personas. Yo apenas recuerdo sus clases, pero llevo grabados a fuego las anécdotas, enseñanzas y consejos que me daba fuera del aula. Echaré muchísimo de menos esas llamadas de cumpleaños en las que un minuto de conversación le bastaban para descubrir mi estado de ánimo. Gracias por contagiarme fuerza, por creer en mí y por animarme a seguir mi intuición por encima de todo. Gracias por no juzgar nunca mis planes y decisiones, tan aparentemente descabellados para la mayoría. Gracias por recordarme tantas veces lo afortunada que soy por los padres y la hermana que tengo. Gracias por demostrarnos con su forma de ser y de estar en el mundo que el verdadero progreso de la raza humana es el maldito amor. Este 5 de febrero hubiera cumplido 92; siempre se preguntaba si viviría los mismos años que su madre... Por fin puede volver a abrazarla. Qué suerte tan grande la de quienes hemos podido caminar un buen trecho del camino a su lado. Con tristeza, feliz cumpleaños, Hermano. Y más gracias.
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