De Manuel Azaña a Felipe VI
La política, sea democrática o no, está intrínsecamente unida al simbolismo. Estandartes, banderas, gallardetes, uniformes –camisas negras, camisas azules, camisas rojas–, himnos, gestos (recuérdese el abrazo de Vergara) van unidos a la política. En la Biblioteca Nacional se puede visitar desde el 17 de diciembre pasado la exposición “Azaña, intelectual y estadista”. Esta exposición fue inaugurada por el jefe del Estado, el Rey Felipe VI, que es un Rey constitucional porque su ascenso al trono fue consecuencia de la abdicación de su padre, y para ser nombrado Rey de España se siguieron los preceptivos pasos prescritos en la vigente Constitución Española (CE), y además está libre del pecado original de su padre de haber sido designado Rey por Franco. La inauguración por Felipe VI de la citada muestra ha tenido un enorme simbolismo como se verá en lo que sigue. La mayoría de los españoles vivos tenemos poco conocimiento de la Historia de España, tan falseada durante el franquismo, por lo que conviene recordar de dónde venimos:
El rey Alfonso XIII, bisabuelo de Felipe VI, dejó el trono de España porque en unas elecciones municipales perdieron los partidos dinásticos. Es decir, fueron unos comicios democráticos los que le impulsaron a exiliarse. El día 14 de abril de 1931 abandonó Madrid. Pero el vacío de poder que su decisión creaba no fue colmado por un espadón, como había sido tan frecuente en la historia anterior, sino por los representantes de los partidos políticos que sin alharacas comenzaron esa misma tarde la elaboración de una constitución para la Segunda República, que entonces nacía. Basta leer dicha Constitución –son pocas páginas, y se entienden– para darse cuenta de que ofrecía un articulado de derechos inconcebibles en la Constitución monárquica de Alfonso XIII.
El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 acabó con esos derechos, primero allá donde el golpe triunfó, y definitivamente desde el 1 de abril de 1939, desapareciendo de España la democracia.
La CE de 1979 nos la devolvió. Así pues, hay una ligación indudable entre la República de Azaña y la Monarquía de Felipe VI, y es que ambas son democráticas. Con lo cual el largo y siniestro período del fascismo franquista queda puenteado.
Esa ligazón, esa continuidad, independientemente de que se pueda poner al día la CE, asegurará un período de estabilidad política.
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